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lunes, 5 de abril de 2010


El obispo de Segorbe-Castellón recuerda que la Resurrección de Cristo es "el fundamento de nuestra fe"

El obispo de Segorbe-Castellón titula su carta dominical "¡Cristo vive! ¡Ha resucitado!". En ella, monseñor Casimiro López Llorente recuerda que "La Resurrección gloriosa del Señor es la clave para interpretar toda su vida y el fundamento de nuestra fe".

Redacción Local - 04-04-10

Monseñor Casimiro López Llorente

Cristo vive! ¡Ha resucitado!

Queridos Diocesanos:

“Este es el Día en que actuó el Señor”. Así canta gozosa la Iglesia en la Pascua de Resurrección. Es un día de triunfo y de gloria, el Día que hizo el Señor, el Día por antonomasia de los cristianos, “la fiesta de las fiestas”, porque es el Señor ha resucitado.

¡Cristo vive! Esta es la gran verdad que llena de contenido nuestra fe. Jesús, que murió en la cruz, ha resucitado. Ha triunfado de la muerte, del poder de las tinieblas, del dolor y de la angustia. Jesús no es una figura que pasó, que existió en un tiempo y que se fue, dejándonos un recuerdo y un ejemplo maravillosos. No: Cristo vive. Jesús es el Emmanuel; Dios con nosotros. Su Resurrección nos revela que Dios no abandona a los suyos.

La Resurrección gloriosa del Señor es la clave para interpretar toda su vida, y el fundamento de nuestra fe. Sin esa victoria sobre la muerte, dice San Pablo, toda predicación sería inútil, y nuestra fe estaría vacía de contenido. La Resurrección de Cristo es tan importante que los Apóstoles son, ante todo, testigos de la Resurrección. Anuncian que Cristo vive, y este es el núcleo de toda su predicación. Esto es lo que, después de veinte siglos, nosotros anunciamos al mundo: ¡Cristo vive!

Después de resucitar por su propia virtud, Jesús glorioso fue visto por los discípulos, que pudieron cerciorarse de que era Él mismo: pudieron hablar con Él, le vieron comer, comprobaron las heridas de los clavos y de la lanza. Los Apóstoles declaran que se manifestó con numerosas pruebas, y muchos de estos hombres murieron testificando esta verdad. La Resurrección de Jesús, no tuvo otro testigo que el silencio de la noche pascual. Ninguno de los evangelistas describe la Resurrección misma, sino solamente lo que pasó después. El hecho de la Resurrección misma no fue visto por nadie, ni pudo serlo. La Resurrección fue un acontecimiento que sobrepasa las dimensiones del tiempo y del espacio. No se puede constatar por los sentidos de nuestro cuerpo mortal, ya que no fue un simple levantarse de la tumba para seguir viviendo como antes. La Resurrección es el paso a otra forma de vida, a la Vida gloriosa.

Jesús, al resucitar de entre los muertos, no ascendió inmediatamente al cielo. Si lo hubiera hecho, los escépticos que no creían en la Resurrección, hubieran resultado más difíciles de convencer. El Señor decidió permanecer cuarenta días en la tierra. Durante este tiempo se apareció a María Magdalena, a los discípulos camino de Emaús y, varias veces, a sus Apóstoles. El Señor ha resucitado de entre los muertos, como lo había dicho.

Con la Muerte y la Resurrección del Señor hemos sido rescatados del pecado, del poder del demonio y de la muerte eterna. La alegría profunda de este día tiene su origen en Cristo, en el amor que Dios nos tiene y en nuestra correspondencia con ese amor. Se cumple aquella promesa del Señor: Yo les daré una alegría que nadie les podrá quitar. La única condición que nos pone es no separarnos nunca del Padre, no dejar nunca que las cosas nos separen de Él; experimentar en todo momento que somos hijos suyos. Feliz Pascua de Resurrección.

Con mi afecto y bendición,

Casimiro López Llorente

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Escrito por Jesús de las Heras Muela - Catedral de Sigüenza, Viernes Santo 2010
viernes, 02 de abril de 2010

Fue y es la página más trágica y más hermosa. Fue y es la página más dolorosa y más injusta, aunque solo por ella nos vino y nos viene la Justicia de Dios. Fue la crónica de una muerte anunciada. De una muerte que no se acababa en el sepulcro, que se abría indefectible y misteriosamente, ya para siempre, a la aurora del tercer día, al alba sin ocaso de la resurrección.

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Y en esta página, en esta escena –la más honda y decisiva que jamás se haya escrito sobre cielos y tierras- estuvo también María, el orgullo de nuestra raza, la Madre del Ajusticiado y nuestra Madre: “Estaba la Dolorosa junto al leño de la Cruz. ¡Qué alta palabra de Luz! ¡Qué manera tan graciosa de enseñarnos la preciosa lección del callar doliente! Tronaba el cielo rugiente. La tierra se estremecía. Bramaba el agua... María sencillamente".

Y ahora, horas después de aquella escena que oscureció la tarde y alumbró para siempre la historia de la nueva humanidad, ahí la tenéis, a Ella, a María, la Madre del Ajusticiado, la Dolorosa, la Virgen de la Soledad, Nuestra Señora de la Esperanza. Ahí la tenéis, hermanos. En su Soledad. Soledad de Soledades. Reina de Reina de Soledad y de Soledades.

Contempladla. Contemplad a su Hijo muerto y yacente. Sus cicatrices y heridas son han curado: “¡Cuerpo llagado de amores,
yo te adoro y yo te sigo! Yo, Señor de los señores, quiero compartir tus dolores, subiendo a la Cruz contigo. Quiero en la vida seguirte
y por sus caminos irte alabando y bendiciendo, y bendecirte sufriendo
y muriendo, bendecirte. Quiero, Señor, en tu encanto, tener mis sentidos presos, y, unido a tu cuerpo santo, mojar tu rostro con llanto, secar tu llanto con besos. Quiero, en este santo desvarío,
besando tu rostro frío, llamarte mil veces mío... ¡Cristo de la Buena Muerte!”

Contemplad, sí, a María en Soledad. Contemplad, sí, a Jesús yacente. Parad el reloj de las prisas, de las rutinas, de las autosuficiencias, del ya “me lo sé todo”. Deteneos. Retened, sí, el ritmo de vuestro ímpetu y quehacer cotidianos. Paraos a contemplar a Jesús y a María en su Soledad, en su Soledad de Soledades. Contemplad y luego volved a caminar. Mirad su rostro, su corazón, sus manos, su mirada clavada en el cuerpo inerte de su Hijo, de un hijo que somos también tú y yo. Vedla con ojos del alma y luego volved a caminar. Seguro si que permanecemos ante Ella con el corazón abierto, nuestra caminar de mañana, de esta misma noche tendrá que ser a la fuerza distinto, tendrá que ser mejor.

Miradla, amadla, imitadla. Es una patética figura de silencio. De silencio sonoro y transfigurado. Vestido de adoración. Nunca el silencio fue tan elocuente. Nunca el silencio significó tanto como en aquella noche, como en esta noche. Es silencio de amor. Es abandono, despojo, disponibilidad, entrega hasta el extremo. Es fortaleza en la debilidad mayor. Es fidelidad. Es plenitud. Es fecundidad: nunca fue María tan madre como entonces. Es elegancia. Es serenidad dolorida. Es paz, es amor.

En soledad sonora, dolorosa y plena, nunca una criatura vivió un momento con tanta intensidad existencial como María en aquella tarde de dolores sin fin en el Calvario. Allí mantuvo el “fiat” de la Anunciación, en tono sostenido y agudo. Aunque se le hiciera un nudo la garganta. Aunque su corazón se secara. Aunque fuera un mar de lágrimas su rostro claro, límpido y sereno. Porque allí, en el Calvario, María volvió a decir “sí”. El “fiat” se avala y se confirma con el “stabat”. El “sí” es más “sí” estando, permaneciendo al pie de la cruz.

Mirad la Virgen que sola está, cantamos. Su Soledad es holocausto perfecto a imitación del de su Hijo. Es oblación total. Es corredención. Mirad la Virgen que sola está… Y en aquella soledad, en esta soledad, María adquiere una altura espiritual vertiginosa y definitiva. Nunca fue su sí tan pobre ni tan rico, tan doloroso ni tan fecundo. Nunca tan sola y tan acompañada. Es la Soledad. Es la Piedad. Es la Esperanza. Parecía una pálida sombra. Pero al mismo tiempo ofrecía la estampa más genuina de la Reina. En aquella noche, en esta noche, levantó su altar en la cumbre más alta de la historia y del mundo. Y el dolor y la paz, envueltos en silencio, se fundieron, aleteando ya para siempre la certeza y la esperanza que es y significa una existencia solo para Dios y a favor de los demás.

Mirad, sí, a María. Que vuestra mirada, hermanos, sea una plegaria. Una plegaria como esta:

Virgen Santísima, Señora Nuestra de la Soledad: míranos Tú también a nosotros y muéstranos a Jesús, fruto bendito de tu vientre. Muéstranos sus clavos y sus heridas. Muéstranos su corazón traspasado por la lanza. Muéstranos su amor. Y muéstranos también a nuestros hermanos heridos por la droga, por el alcoholismo, por el paro, por la pobreza, por la ancianidad, por la enfermedad, por los fenómenos migratorios. Muéstranos a nuestros pequeños hermanos ya engendrados y aun no nacidos, a quienes el hedonismo, el materialismo, el secularismo, el relativismo y las leyes injustas no han permitido nacer y los han condenado a la más miserable de las muertes, sin defensa y sin justicia algunas.

Virgen Santísima, Señora Nuestra de la Soledad, vuelve nuestra mirada a nuestra historia de fe. Ayúdanos a ser fieles a ella. Somos lo que somos gracia a la herencia cristiana que puebla por doquier en nuestras ciudades y rincones. Somos lo que somos porque la fe cristiana ha irrigado las venas de nuestro corazón y las entretelas de nuestra alma. Aparta de nosotros las plagas de la apostasía silenciosa, del cristianismo a la carta, de la fe acomodaticia y sin compromisos, de un vago catolicismo de boquilla, solo para cuando nos interesa. Ahuyenta de nosotros los espectros y la sombra de la secularización y de la comodidad aburguesada, atenazante y mortecina en el seno mismo de la Iglesia, de sus ministros y de sus consagrados Aleja de nosotros la tentación de un imposible Cristo sin su Iglesia. Tú, que eres testigo privilegiado de que Dios existe y es amor, ayúdanos a vivir en su santo nombre y en su santa ley. Dios no solo no nos estorba, sino que sin El nada somos y nada podemos, aunque nos creamos vana y estérilmente perfectos. Haznos entender que ni Dios ni su Iglesia son nuestros enemigos sino nuestros mejores y más incondicionales amigos y amigos para siempre. Reaviva, sí, Virgen Santísima Señora Nuestra de la Soledad, nuestras raíces cristianas. Y que nunca tengamos miedo a proclamarnos como tales, como cristianos con todas sus consecuencias, defendiendo y promoviendo sus signos y símbolos como el de la Santa Cruz. Que nada ni nadie, María, nos quite la cruz de nuestros caminos y de nuestros espacios. Ni de nuestros corazones. Tú Hijo es la Cruz. Y su cruz adoramos y glorificamos porque por el madero, por la cruz, ha venido la alegría al mundo entero.

Virgen Santísima, Señora Nuestra de la Soledad: “yo fui, pecando, quien, Madre, trocó en tristeza vuestra alegría. Mis culpas fueron, vil pecador, las que amargaron tu corazón”. Ayúdanos, María de la Soledad, de la Soledad de Soledades, a ser más humildes, más sencillos, más misericordiosos. A pensar un poco menos y solo en nosotros mismos y a abrirnos a los demás, a su llanto y a su espera, a su gozo y a su sombra. Haznos personas de palabra y, sobre todo, de escucha. Ayúdanos a buscar la paz, la concordia, el entendimiento, la reconciliación. Qué no perdamos, María, la conciencia de que el pecado existe y de que todos somos pecadores. Y de que todos podemos y debemos purificar y reconciliar con Dios nuestros pecados a través del Sacramento del Perdón, a través de la Iglesia y mediante la Confesión, sacramentos ambos de la alegría y de la vida nueva.

Virgen Santísima, Señora Nuestra de la Soledad: “No llores, Madre, no llores más. Que yo tu llanto quiero enjugar. Sufro contigo, triste penar. Perdón, oh Madre. ¡Os quiero amar!”. María de la Caridad y de la Solidaridad, haznos instrumentos visibles del Dios que es amor. Haznos testigos del Evangelio a través de las obras, el lenguaje que más y mejor reconoce y aprecia nuestro mundo. Llénanos de caridad. Haznos solícitos con los demás. Que enjuguemos no solo tu llanto, sino también el llanto de la humanidad herida. El llanto de las víctimas de todos los terrorismos y fanatismos; el llanto de los más damnificados por la crisis económica; el llanto de tantas mujeres viudas y solas como Tú; el llanto de madres que, como Tú, lloran al hijo perdido, al hijo alejado. El llanto de las mujeres maltratadas, el llanto de las mujeres explotadas laboral o sexualmente. Que enjuguemos el llanto, María, de nuestro entorno rural, atardecido y arrugado; el llanto de nuestra querida ciudad, en inciertas e inquietantes horas; el llanto de nuestra patria y de nuestro mundo, tantas veces, aun sin querer saberlo, a la deriva. Que enjuguemos el llanto de nuestra Iglesia, estas semanas apesadumbrada por pretéritos e inadmisibles errores de algunos -muy escasos- de sus ministros y zaherida por una virulenta campaña contra el Papa y contra el sacerdocio ministerial. Que, mediante un mayor y renovada vitalidad y compromiso de vida cristiana y eclesial, enjuguemos el llanto de nuestra hiriente crisis vocacional, de nuestras tan grandes dificultades en la pastoral juvenil y familiar. Ruega, sí, María, por las vocaciones, por los jóvenes, por las familias. Por los jóvenes sin rumbo, fascinados y engañados por los falsos dioses a los que adora nuestro mundo; por las familias, singularmente por las familias rotas y desestructuradas.

Que esta sea, hermanos, nuestra oración ferviente de esta noche, de mañana y de siempre. Que esta sea la brújula y el compás del paso que acompañe nuestro caminar esta noche. Que esta sea nuestra mirada a la Virgen de la Soledad para acompañarla, para amarla y para aprender de Ella en la escuela del Calvario y en la cátedra abierta, en el libro abierto de su corazón roto y cautivo de amor. Y luego, hermanos, volved a caminar. Transformados. Alentados. Transfigurados. Como Ella. Mirad y descubrid entre sus lágrimas la certeza de la resurrección, mientras sigue y sufre sola, “con hondo dolor, pues ha muerto el Hijo que era su amor. Cual tierna rosa sobre el rosal. Troncó su vida fiero puñal”. “Mirad la Virgen, que sola está, triste y llorando su soledad”.

Silencio, hermanos, Dios habla en el silencio y en la soledad de María. Dios no es el que siempre calla. Está hablándonos a través de María. ¿No lo escucháis? Nos está pidiendo a través de Ella un “sí”, ahora en el Calvario, ahora el pie de la cruz. Y ojalá que como María, Reina de Reina de Soledades, nuestra respuesta sea: ¡He aquí, la esclava del Señor. Hágase en mí según tu Palabra”.

“No llores, Madre, no llores más.

Que yo tu llanto quiero enjugar.

Sufro contigo, triste penar.

Perdón, oh Madre.

Os quiero amar”. Amén

Jesús de las Heras Muela

Catedral de Sigüenza, Viernes Santo 2010

http://revistaecclesia.com/index.php?option=com_content&task=view&id=16790&Itemid=66

Homilía de Benedicto XVI en la Vigilia Pascual 2010ImprimirE-Mail
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domingo, 04 de abril de 2010

VIGILIA PASCUAL EN LA NOCHE SANTA

HOMILÍA DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI

Basílica Vaticana Sábado Santo 3 de abril de 2010

Queridos hermanos y hermanas

Una antigua leyenda judía tomada del libro apócrifo «La vida de Adán y Eva» cuenta que Adán, en la enfermedad que le llevaría a la muerte, mandó a su hijo Set, junto con Eva, a la región del Paraíso para traer el aceite de la misericordia, de modo que le ungiesen con él y sanara. Después de tantas oraciones y llanto de los dos en busca del árbol de la vida, se les apareció el arcángel Miguel para decirles que no conseguirían el óleo del árbol de la misericordia, y que Adán tendría que morir.
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Algunos lectores cristianos han añadido posteriormente a esta comunicación del arcángel una palabra de consuelo. El arcángel habría dicho que, después de 5.500 años, vendría el Rey bondadoso, Cristo, el Hijo de Dios, y ungiría con el óleo de su misericordia a todos los que creyeran en él: «El óleo de la misericordia se dará de eternidad en eternidad a cuantos renaciesen por el agua y el Espíritu Santo. Entonces, el Hijo de Dios, rico en amor, Cristo, descenderá en las profundidades de la tierra y llevará a tu padre al Paraíso, junto al árbol de la misericordia». En esta leyenda puede verse toda la aflicción del hombre ante el destino de enfermedad, dolor y muerte que se le ha impuesto. Se pone en evidencia la resistencia que el hombre opone a la muerte. En alguna parte –han pensado repetidamente los hombres– deberá haber una hierba medicinal contra la muerte. Antes o después, se deberá poder encontrar una medicina, no sólo contra esta o aquella enfermedad, sino contra la verdadera fatalidad, contra la muerte. En suma, debería existir la medicina de la inmortalidad. También hoy los hombres están buscando una sustancia curativa de este tipo. También la ciencia médica actual está tratando, si no de evitar propiamente la muerte, sí de eliminar el mayor número posible de sus causas, de posponerla cada vez más, de ofrecer una vida cada vez mejor y más longeva. Pero, reflexionemos un momento: ¿qué ocurriría realmente si se lograra, tal vez no evitar la muerte, pero sí retrasarla indefinidamente y alcanzar una edad de varios cientos de años? ¿Sería bueno esto? La humanidad envejecería de manera extraordinaria, y ya no habría espacio para la juventud. Se apagaría la capacidad de innovación y una vida interminable, en vez de un paraíso, sería más bien una condena. La verdadera hierba medicinal contra la muerte debería ser diversa. No debería llevar sólo a prolongar indefinidamente esta vida actual. Debería más bien transformar nuestra vida desde dentro. Crear en nosotros una vida nueva, verdaderamente capaz de eternidad, transformarnos de tal manera que no se acabara con la muerte, sino que comenzara en plenitud sólo con ella. Lo nuevo y emocionante del mensaje cristiano, del Evangelio de Jesucristo era, y lo es aún, esto que se nos dice: sí, esta hierba medicinal contra la muerte, este fármaco de inmortalidad existe. Se ha encontrado. Es accesible. Esta medicina se nos da en el Bautismo. Una vida nueva comienza en nosotros, una vida nueva que madura en la fe y que no es truncada con la muerte de la antigua vida, sino que sólo entonces sale plenamente a la luz.

Ante esto, algunos, tal vez muchos, responderán: ciertamente oigo el mensaje, sólo que me falta la fe. Y también quien desea creer preguntará: ¿Es realmente así? ¿Cómo nos lo podemos imaginar? ¿Cómo se desarrolla esta transformación de la vieja vida, de modo que se forme en ella la vida nueva que no conoce la muerte? Una vez más, un antiguo escrito judío puede ayudarnos a hacernos una idea de ese proceso misterioso que comienza en nosotros con el Bautismo. En él, se cuenta cómo el antepasado Henoc fue arrebatado por Dios hasta su trono. Pero él se asustó ante las gloriosas potestades angélicas y, en su debilidad humana, no pudo contemplar el rostro de Dios. «Entonces – prosigue el libro de Henoc – Dios dijo a Miguel: “Toma a Henoc y quítale sus ropas terrenas. Úngelo con óleo suave y revístelo con vestiduras de gloria”. Y Miguel quitó mis vestidos, me ungió con óleo suave, y este óleo era más que una luz radiante... Su esplendor se parecía a los rayos del sol. Cuando me miré, me di cuenta de que era como uno de los seres gloriosos» (Ph. Rech, Inbild des Kosmos, II 524).

Precisamente esto, el ser revestido con los nuevos indumentos de Dios, es lo que sucede en el Bautismo; así nos dice la fe cristiana. Naturalmente, este cambio de vestidura es un proceso que dura toda la vida. Lo que ocurre en el Bautismo es el comienzo de un camino que abarca toda nuestra existencia, que nos hace capaces de eternidad, de manera que con el vestido de luz de Cristo podamos comparecer en presencia de Dios y vivir por siempre con él.

En el rito del Bautismo hay dos elementos en los que se expresa este acontecimiento, y en los que se pone también de manifiesto su necesidad para el transcurso de nuestra vida. Ante todo, tenemos el rito de las renuncias y promesas. En la Iglesia antigua, el bautizando se volvía hacia el occidente, símbolo de las tinieblas, del ocaso del sol, de la muerte y, por tanto, del dominio del pecado. Miraba en esa dirección y pronunciaba un triple «no»: al demonio, a sus pompas y al pecado. Con esta extraña palabra, «pompas», es decir, la suntuosidad del diablo, se indicaba el esplendor del antiguo culto de los dioses y del antiguo teatro, en el que se sentía gusto viendo a personas vivas desgarradas por bestias feroces. Se rechazaba de esta forma un tipo de cultura que encadenaba al hombre a la adoración del poder, al mundo de la codicia, a la mentira, a la crueldad. Era un acto de liberación respecto a la imposición de una forma de vida, que se presentaba como placer y que, sin embargo, impulsaba a la destrucción de lo mejor que tiene el hombre. Esta renuncia – sin tantos gestos externos – sigue siendo también hoy una parte esencial del Bautismo. En él, quitamos las «viejas vestiduras» con las que no se puede estar ante Dios. Dicho mejor aún, empezamos a despojarnos de ellas. En efecto, esta renuncia es una promesa en la cual damos la mano a Cristo, para que Él nos guíe y nos revista. Lo que son estas «vestiduras» que dejamos y la promesa que hacemos, lo vemos claramente cuando leemos, en el quinto capítulo de la Carta a los Gálatas, lo que Pablo llama «obras de la carne», término que significa precisamente las viejas vestiduras que se han de abandonar. Pablo las llama así: «fornicación, impureza, libertinaje, idolatría, hechicería, enemistades, contiendas, celos, rencores, rivalidades, partidismo, sectarismo, envidias, borracheras, orgías y cosas por el estilo» (Ga5,19ss.). Estas son las vestiduras que dejamos; son vestiduras de la muerte.

En la Iglesia antigua, el bautizando se volvía después hacia el oriente, símbolo de la luz, símbolo del nuevo sol de la historia, del nuevo sol que surge, símbolo de Cristo. El bautizando determina la nueva orientación de su vida: la fe en el Dios trinitario al que él se entrega. Así, Dios mismo nos viste con indumentos de luz, con el vestido de la vida. Pablo llama a estas nuevas «vestiduras» «fruto del Espíritu» y las describe con las siguientes palabras: «Amor, alegría, paz, comprensión, servicialidad, bondad, lealtad, amabilidad, dominio de sí» (Ga 5, 22).

En la Iglesia antigua, el bautizando era a continuación desvestido realmente de sus ropas. Descendía en la fuente bautismal y se le sumergía tres veces; era un símbolo de la muerte que expresa toda la radicalidad de dicho despojo y del cambio de vestiduras. Esta vida, que en todo caso está destinada a la muerte, el bautizando la entrega a la muerte, junto con Cristo, y se deja llevar y levantar por Él a la vida nueva que lo transforma para la eternidad. Luego, al salir de las aguas bautismales, los neófitos eran revestidos de blanco, el vestido de luz de Dios, y recibían una vela encendida como signo de la vida nueva en la luz, que Dios mismo había encendido en ellos. Lo sabían, habían obtenido el fármaco de la inmortalidad, que ahora, en el momento de recibir la santa comunión, tomaba plenamente forma. En ella recibimos el Cuerpo del Señor resucitado y nosotros mismos somos incorporados a este Cuerpo, de manera que estamos ya resguardados en Aquel que ha vencido a la muerte y nos guía a través de la muerte.

En el curso de los siglos, los símbolos se han ido haciendo más escasos, pero lo que acontece esencialmente en el Bautismo ha permanecido igual. No es solamente un lavacro, y menos aún una acogida un tanto compleja en una nueva asociación. Es muerte y resurrección, renacimiento a la vida nueva.

Sí, la hierba medicinal contra la muerte existe. Cristo es el árbol de la vida hecho de nuevo accesible. Si nos atenemos a Él, entonces estamos en la vida. Por eso cantaremos en esta noche de la resurrección, de todo corazón, el aleluya, el canto de la alegría que no precisa palabras. Por eso, Pablo puede decir a los Filipenses: «Estad siempre alegres en el Señor; os lo repito: estad alegres» (Flp 4,4). No se puede ordenar la alegría. Sólo se la puede dar. El Señor resucitado nos da la alegría: la verdadera vida. Estamos ya cobijados para siempre en el amor de Aquel a quien ha sido dado todo poder en el cielo y sobre la tierra (cf. Mt 28,18). Por eso pedimos, seguros de ser escuchados, con la oración sobre las ofrendas quela Iglesia eleva en esta noche: Escucha, Señor, la oración de tu pueblo y acepta sus ofrendas, para que aquello que ha comenzado con los misterios pascuales nos ayude, por obra tuya, como medicina para la eternidad. Amén.

© Copyright 2010 - Libreria Editrice Vaticana


Mensaje Urbi Et Orbi de Benedicto XVI Pascua 2010ImprimirE-Mail

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domingo, 04 de abril de 2010

MENSAJE URBI ET ORBI

DE SU SANTIDAD BENEDICTO XVI

PASCUA 2010

«Cantemus Domino: gloriose enim magnificatus est».
«Cantaré al Señor, sublime es su victoria» (Liturgia de las Horas, Pacua, Oficio de Lecturas, Ant. 1).

Queridos hermanos y hermanas:

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Os anuncio la Pascua con estas palabras de la Liturgia, que evocan el antiquísimo himno de alabanza de los israelitas después del paso del Mar Rojo. El libro del Éxodo (cf. 15, 19-21) narra cómo, al atravesar el mar a pie enjuto y ver a los egipcios ahogados por las aguas, Miriam, la hermana de Moisés y de Aarón, y las demás mujeres danzaron entonando este canto de júbilo: «Cantaré al Señor, sublime es su victoria, / caballos y carros ha arrojado en el mar». Los cristianos repiten en todo el mundo este canto enla Vigilia pascual, y explican su significado en una oración especial de la misma; es una oración que ahora, bajo la plena luz de la resurrección, hacemos nuestra con alegría: «También ahora, Señor, vemos brillar tus antiguas maravillas, y lo mismo que en otro tiempo manifestabas tu poder al librar a un solo pueblo de la persecución del faraón, hoy aseguras la salvación de todas las naciones, haciéndolas renacer por las aguas del bautismo. Te pedimos que los hombres del mundo entero lleguen a ser hijos de Abrahán y miembros del nuevo Israel».

El Evangelio nos ha revelado el cumplimiento de las figuras antiguas: Jesucristo, con su muerte y resurrección, ha liberado al hombre de aquella esclavitud radical que es el pecado, abriéndole el camino hacia la verdadera Tierra prometida, el Reino de Dios, Reino universal de justicia, de amor y de paz. Este “éxodo” se cumple ante todo dentro del hombre mismo, y consiste en un nuevo nacimiento en el Espíritu Santo, fruto del Bautismo que Cristo nos ha dado precisamente en el misterio pascual. El hombre viejo deja el puesto al hombre nuevo; la vida anterior queda atrás, se puede caminar en una vida nueva (cf. Rm 6,4). Pero, el “éxodo” espiritual es fuente de una liberación integral, capaz de renovar cualquier dimensión humana, personal y social.

Sí, hermanos, la Pascua es la verdadera salvación de la humanidad. Si Cristo, el Cordero de Dios, no hubiera derramado su Sangre por nosotros, no tendríamos ninguna esperanza, la muerte sería inevitablemente nuestro destino y el del mundo entero. Pero la Pascua ha invertido la tendencia: la resurrección de Cristo es una nueva creación, como un injerto capaz de regenerar toda la planta. Es un acontecimiento que ha modificado profundamente la orientación de la historia, inclinándola de una vez por todas en la dirección del bien, de la vida y del perdón. ¡Somos libres, estamos salvados! Por eso, desde lo profundo del corazón exultamos: «Cantemos al Señor, sublime es su victoria».

El pueblo cristiano, nacido de las aguas del Bautismo, está llamado a dar testimonio en todo el mundo de esta salvación, a llevar a todos el fruto de la Pascua, que consiste en una vida nueva, liberada del pecado y restaurada en su belleza originaria, en su bondad y verdad. A lo largo de dos mil años, los cristianos, especialmente los santos, han fecundado continuamente la historia con la experiencia viva de la Pascua. La Iglesia es el pueblo del éxodo, porque constantemente vive el misterio pascual difundiendo su fuerza renovadora siempre y en todas partes. También hoy la humanidad necesita un “éxodo”, que consista no sólo en retoques superficiales, sino en una conversión espiritual y moral. Necesita la salvación del Evangelio para salir de una crisis profunda y que, por consiguiente, pide cambios profundos, comenzando por las conciencias.

Le pido al Señor Jesús que en Medio Oriente, y en particular en la Tierrasantificada con su muerte y resurrección, los Pueblos lleven a cabo un “éxodo” verdadero y definitivo de la guerra y la violencia a la paz y la concordia. Que el Resucitado se dirija a las comunidades cristianas que sufren y son probadas, especialmente en Iraq, dirigiéndoles las palabras de consuelo y de ánimo con que saludó a los Apóstoles en el Cenáculo: “Paz a vosotros” (Jn 20,21).

Que la Pascua de Cristo represente, para aquellos Países Latinoamericanos y del Caribe que sufren un peligroso recrudecimiento de los crímenes relacionados con el narcotráfico, la victoria de la convivencia pacífica y del respeto del bien común. Que la querida población de Haití, devastada por la terrible tragedia del terremoto, lleve a cabo su “éxodo” del luto y la desesperación a una nueva esperanza, con la ayuda de la solidaridad internacional. Que los amados ciudadanos chilenos, asolados por otra grave catástrofe, afronten con tenacidad, y sostenidos por la fe, los trabajos de reconstrucción.

Que se ponga fin, con la fuerza de Jesús resucitado, a los conflictos que siguen provocando en África destrucción y sufrimiento, y se alcance la paz y la reconciliación imprescindibles para el desarrollo. De modo particular, confío al Señor el futuro de la República Democrática del Congo, de Guínea y de Nigeria.

Que el Resucitado sostenga a los cristianos que, como en Pakistán, sufren persecución e incluso la muerte por su fe. Que Él conceda la fuerza para emprender caminos de diálogo y de convivencia serena a los Países afligidos por el terrorismo y las discriminaciones sociales o religiosas. Que la Pascuade Cristo traiga luz y fortaleza a los responsables de todas las Naciones, para que la actividad económica y financiera se rija finalmente por criterios de verdad, de justicia y de ayuda fraterna. Que la potencia salvadora de la resurrección de Cristo colme a toda la humanidad, para que superando las múltiples y trágicas expresiones de una “cultura de la muerte” que se va difundiendo, pueda construir un futuro de amor y de verdad, en el que toda vida humana sea respetada y acogida.

Queridos hermanos y hermanas. La Pascua no consiste en magia alguna. De la misma manera que el pueblo hebreo se encontró con el desierto, más allá del Mar Rojo, así también la Iglesia, después de la Resurrección, se encuentra con los gozos y esperanzas, los dolores y angustias de la historia. Y, sin embargo, esta historia ha cambiado, ha sido marcada por una alianza nueva y eterna, está realmente abierta al futuro. Por eso, salvados en esperanza, proseguimos nuestra peregrinación llevando en el corazón el canto antiguo y siempre nuevo: “Cantaré al Señor, sublime es su victoria».

© Copyright 2010 - Libreria Editrice Vaticana

http://revistaecclesia.com/index.php?option=com_content&task=view&id=16813&Itemid=302

domingo, 4 de abril de 2010

página web de la diócesis de segorbe castellón

El Vía Crucis 2010 del Coliseo Romano


¡Cristo vive! ¡Ha resucitado!PDFImprimirE-mail
_escudo_sr._obispoCastellón, 4 de abril de 2010

Queridos Diocesanos:

"Este es el Día en que actuó el Señor". Así canta gozosa la Iglesia en la Pascua de Resurrección. Es un día de triunfo y de gloria, el Día que hizo el Señor, el Día por antonomasia de los cristianos, "la fiesta de las fiestas", porque es el Señor ha resucitado.

¡Cristo vive! Esta es la gran verdad que llena de contenido nuestra fe. Jesús, que murió en la cruz, ha resucitado. Ha triunfado de la muerte, del poder de las tinieblas, del dolor y de la angustia. Jesús no es una figura que pasó, que existió en un tiempo y que se fue, dejándonos un recuerdo y un ejemplo maravillosos. No: Cristo vive. Jesús es el Emmanuel; Dios con nosotros. Su Resurrección nos revela que Dios no abandona a los suyos.

La Resurrección gloriosa del Señor es la clave para interpretar toda su vida, y el fundamento de nuestra fe. Sin esa victoria sobre la muerte, dice San Pablo, toda predicación sería inútil, y nuestra fe estaría vacía de contenido. La Resurrección de Cristo es tan importante que los Apóstoles son, ante todo, testigos de la Resurrección. Anuncian que Cristo vive, y este es el núcleo de toda su predicación. Esto es lo que, después de veinte siglos, nosotros anunciamos al mundo: ¡Cristo vive!

Después de resucitar por su propia virtud, Jesús glorioso fue visto por los discípulos, que pudieron cerciorarse de que era Él mismo: pudieron hablar con Él, le vieron comer, comprobaron las heridas de los clavos y de la lanza. Los Apóstoles declaran que se manifestó con numerosas pruebas, y muchos de estos hombres murieron testificando esta verdad. La Resurrección de Jesús, no tuvo otro testigo que el silencio de la noche pascual. Ninguno de los evangelistas describe la Resurrección misma, sino solamente lo que pasó después. El hecho de la Resurrección misma no fue visto por nadie, ni pudo serlo. La Resurrección fue un acontecimiento que sobrepasa las dimensiones del tiempo y del espacio. No se puede constatar por los sentidos de nuestro cuerpo mortal, ya que no fue un simple levantarse de la tumba para seguir viviendo como antes. La Resurrección es el paso a otra forma de vida, a la Vida gloriosa.

Jesús, al resucitar de entre los muertos, no ascendió inmediatamente al cielo. Si lo hubiera hecho, los escépticos que no creían en la Resurrección, hubieran resultado más difíciles de convencer. El Señor decidió permanecer cuarenta días en la tierra. Durante este tiempo se apareció a María Magdalena, a los discípulos camino de Emaús y, varias veces, a sus Apóstoles. El Señor ha resucitado de entre los muertos, como lo había dicho.

Con la Muerte y la Resurrección del Señor hemos sido rescatados del pecado, del poder del demonio y de la muerte eterna. La alegría profunda de este día tiene su origen en Cristo, en el amor que Dios nos tiene y en nuestra correspondencia con ese amor. Se cumple aquella promesa del Señor: Yo les daré una alegría que nadie les podrá quitar. La única condición que nos pone es no separarnos nunca del Padre, no dejar nunca que las cosas nos separen de Él; experimentar en todo momento que somos hijos suyos.

Feliz Pascua de Resurrección.

Con mi afecto y bendición,

+ Casimiro López Llorente
Obispo de Segorbe-Castellón


http://www.obsegorbecastellon.es/index.php?option=com_content&view=article&id=983:icristo-vive-iha-resucitado&catid=40:la-voz-del-obispo&Itemid=82&lang=es

hoja parroquial 4 de abril

http://issuu.com/hojaparroquial/docs/2510-hp_4abril

hoja parroquial 28 de marzo

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feliz día de resurrección

Anécdota de Delibes para resucitarImprimirE-Mail
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Escrito por Antonio Gil Moreno
sábado, 03 de abril de 2010
Un gran poeta, Miguel de Santiago, nos ofrece estos versos para la mañana del Domingo de Resurrección: "Alégrense los campos / regados por el sol / de primavera. Alégrense los trigos / fecundados por vientos / suaves de mayo. Alégrense / las amapolas rojas / de vida en melodías / de plenitud".

La Semana Santa no termina el Viernes Santo, con el estremecimiento de la muerte sino con el resplandor del resucitado, con la explosión de una vida nueva que desemboca en la plenitud. Se va a cumplir un mes de la muerte de Miguel Delibes y todavía resuenan los ecos de su vida, con mensajes nuevos y anécdotas ejemplares. Una de esas anécdotas, que contó por primera vez Mario Camus, narraba que al poco de conocer al escritor, éste le habría comentado cómo acababa de rechazar la propuesta de un editor para que se presentase a un premio millonario con la novela que apenas tenía comenzada. En la propuesta quedaba implícito, naturalmente, que Delibes se llevaría el premio. Pero Delibes se negó. "¿Qué pensarán de mí?", dijo. "¿Quién?", preguntó el delegado del editor en cuestión. "Los que han presentado sus novelas al premio y se encuentran con que está dado antes", contestó Delibes. "Eso qué importa. Pensarán que su historia era la mejor, sin duda". "A mí me importa, y mucho", replicó Delibes. Y de esta manera zanjó la cuestión.

La anécdota nos revela a todos una honestidad intachable, una coherencia vital entre la persona y la obra, entre los principios éticos del hombre y su reflejo en cada una de sus creaciones, que no es tan habitual en el terreno de la creación. Su postura ante la vida nos habla de un corazón noble, de una inteligencia con principios, de una conciencia bien repleta de valores, entre los que destaca, sin duda, el de la justicia. Hoy, Domingo de Resurrección, es un buen día para resucitar zonas muertas de la vida, recuerdos entrañables, consejos que nos empujaron el alma, personas que nos alentaron con su testimonio, sueños que el tiempo o las derrotas esfumaron.

Miguel Delibes se nos descubre en esta anécdota como un hombre recto, un hombre de bien, que no inclina la balanza a su favor, por el solo argumento del favoritismo, sino que abre el abanico de posibilidades a todos los que participan en la lucha. Eso se llama jugar limpio. No está bien hacer trampas cuando están en juego vidas, ilusiones, esfuerzos, entregas generosas. Este modo de pensar y de actuar del escritor, estoy seguro, fascinará a muchísimas personas, a todos los que luchan por una sociedad justa y por unas instituciones limpias en su proceder.


La Pascua del “Aplec de l’Esperit” (4/04/10)ImprimirE-Mail

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Escrito por + Josep Àngel Saiz Meneses
sábado, 03 de abril de 2010

Celebramos hoy con gozo la Pascua, la primera y principal fiesta cristiana del año, aunque la fiesta de Navidad tenga más eco popular. El mensaje de la Pascua puede resumirse en estas palabras del Evangelio: “¿Por qué buscáis entre los muertos a Aquel que vive?”.

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Hoy celebramos un resplandor de vida. Celebramos que en medio de la noche de la muerte, en medio de las noches del sin sentido y la desesperación, de las noches de la falta de amor y del aparente triunfo de la violencia, resplandece con fuerza una gran Luz, la de Cristo resucitado. Celebramos el paso del Señor de esta vida mortal a una Vida nueva.

Y lo celebramos también porque creemos que su resurrección no es un privilegio para Él solo, sino que Él es quien nos abre las puertas a la vida plena y a la resurrección a todos nosotros.

Con el fin de celebrar bien esta fiesta tan importante nos hemos ido preparando durante las semanas de Cuaresma y en las celebraciones de la Semana Santa. Y es tan central la resurrección de Cristo en nuestra fe que le dedicamos cincuenta días –el llamado tiempo pascual- para poderlo interiorizar y celebrar como merece.

De hecho, la celebración de este día abre la puerta al tiempo pascual que se prolongará durante cincuenta días hasta el día de Pentecostés. En este tiempo de Pascua los cristianos celebramos la presencia especial de Cristo en medio de sus discípulos, la presencia de Cristo en su Palabra, en los sacramentos, en sus ministros, en la comunidad sobre todo y en los más pequeños y pobres del mundo.

Como nos ha enseñado Benedicto XVI en su primera encíclica Dios es amor,nuestra fe no es en primer lugar el simple seguimiento de unas ideas, ni de una doctrina, ni de un libro; tampoco es una simple celebración de un hecho pasado, sino que celebramos y seguimos a Jesús, que está presente en medio de nosotros como Resucitado también hoy y aquí, el primero entre muchos hermanos y hermanas.

Aquellas mujeres que iban a embalsamar a un difunto, regresan siendo portadoras de la Buena Noticia. También nosotros somos llamados a ser portadores de esta Buena Noticia destinada a todos los hombres y mujeres de nuestro mundo.

Este tiempo pascual del 2010 en nuestra diócesis queda marcado por un hecho que nos compromete a todos como comunidad cristiana. Como ya se ha anunciado, la ciudad de Terrasssa acogerá por primera vez el “Aplec de l’Esperit”, que celebraremos –Dios mediante- en la vigilia de Pentecostés, la Pascua granada, el sábado día 22 del próximo mes de mayo.

He de agradecer a todas las personas, sobre todo a las autoridades y a los jóvenes, por su colaboración y disponibilidad para preparar este acontecimiento, en el que los protagonistas son los jóvenes cristianos de las diócesis de Cataluña, Andorra y las Islas Baleares. Es un hecho importante, signo de una Iglesia quizás minoritaria en el futuro, pero bien viva, tal como demuestran con su dinamismo los jóvenes cristianos que protagonizan los “Aplecs de l’Esperit”.

En el clima del gozo pascual, nuestra ciudad acogerá por primera vez a estos jóvenes cristianos de nuestra tierra. Que este acontecimiento nos anime a ser cada vez más fieles seguidores de Cristo y fieles testigos suyos en medio del mundo.

¡Con estos sentimientos, os deseo a todos una santa Pascua!

+ Josep Àngel Saiz Meneses

Obispo de Terrassa


¡Feliz Pascua de Resurrección! Cristo viveImprimirE-Mail

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Escrito por + Vicente Jiménez Zamora - Obispo de Santander
sábado, 03 de abril de 2010

“Exulten por fin los coros de los ángeles, exulten las jerarquías del cielo, y por la victoria de Rey tan poderoso que las trompetas anuncien la salvación”.

Con este vibrante comienzo del pregón pascual anuncia la Iglesia en la noche de la Vigilia Pascual la Resurrección de Jesucristo, Vencedor de la tiniebla de la muerte y Lucero matinal que brilla sereno para el linaje humano.

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Cristo por la Resurrección de entre los muertos vive. Esta es la gran verdad que llena de contenido nuestra fe. Es el Señor del cosmos y de la historia. Así se presenta en el libro del Apocalipsis a las siete iglesias de Asia: “¡No temas! Yo soy el primero y el último, el que vive; estuve muerto, pero ahora estoy vivo por los siglos de los siglos, y tengo las llaves de la muerte y del infierno”(Ap 1, 17-18).

Celebrar la Pascua de Resurrección es experimentar la presencia de Cristo vivo en medio de nosotros. Es descubrir a Cristo, que camina a nuestro lado como con los discípulos de Emaús (cfr. Lc 24, 13-35).

El relato de Emaús nos ofrece tres claves para el encuentro con Cristo Resucitado: La Sagrada Escritura, la Eucaristía y la Comunidad.

La Escritura. La Sagrada Escritura, leída con la luz de la fe y según la interpretación de la Iglesia, es la primera clave para acceder a Cristo Resucitado: “Y comenzando por Moisés y siguiendo por los profetas, les explicó lo que se refería a Él en toda la Escritura”.Esta lectura cristológica de la Escritura es el camino iniciado por Jesús y seguido por la Iglesiaprimitiva, como vemos en los pregones apostólicos del libro de los Hechos de los Apóstoles.

La Eucaristía. Es la segunda clave. El Señor “sentado a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio. A ellos se les abrieron los ojos y lo reconocieron”, al partir el pan. La Eucaristía es presencia privilegiada para reconocer a Cristo vivo. Se trata de una presencia verdadera, real y substancial bajo los signos sacramentales del pan y del vino.

La Comunidad. Así lo entendieron los peregrinos de Emaús. “Levantándose al momento, se volvieron a Jerusalén, donde encontraron reunidos a los once con sus compañeros”. Cristo Resucitado está presente en laComunidad. “Donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos” (Mt 18, 20).

La presencia de Cristo se prolonga en los hermanos, especialmente en los pobres y en los que sufren: “Os aseguro que cada vez que lo hicisteis con uno de estos mis humildes hermanos conmigo lo hicisteis” (Mt 25, 40).

Pero Jesús Resucitado no sólo esta presente entre nosotros, sino que nuestra vida cristiana es un vivir en Cristo. Estamos unidos a Él como los sarmientos a la vid (cfr. Jn 15, 1-8). Nuestras vidas están injertadas en la suya, participamos ya desde ahora, por la fe y los sacramentos, de esa vida nueva de Cristo Resucitado, como dice Pablo: “Hemos resucitado con Él” (cfr. Col 3, 19. De este modo damos testimonio de que la fuerza de la Resurrección actúa en nosotros (cfr. Fil 3, 10).

Os deseo a todos los diocesanos una feliz Pascua de Resurrección y que experimentéis la presencia del Señor en vuestras vidas para ser testigos valientes y alegres de Cristo Resucitado en la Iglesia y en el mundo.


Sucedió al albaImprimirE-Mail

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Escrito por Vicente Díaz-Pintado M
domingo, 12 de abril de 2009

Sucedió al alba. Pero casi nadie lo creía, casi ninguno lo esperaba Y andaban cabizbajos, llorosos y fugitivos para volver cada uno a sus andadas.

¿Será posible -se preguntaban destrozados- que aquellos labios hayan enmudecido para siempre sus palabras?

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¿Será posible que aquellas manos hayan dejado ya de bendecirnos desde que las vimos a la muerte clavadas?

Y así estaban unos y otros, de aquí para allá, mientras lloraban sus recuerdos haciendo sus cábalas.

Pero alguien dio la alarma: no está ya entre los muertos, su muerte ha sido despertada, la tumba está vacía y sólo hospeda su nada.

No sabían cómo, pero allí en el sepulcro ya no estaba.

Y se pusieron nerviosos, y corría como un reguerillo el comentario de la noticia más increíble, la más inmerecida y más inesperada.

¿Será verdad que ha sucedido, que ha resucitado de veras como nos dijo?

Fue al alba. Sucedió al alba. Y de pronto las lágrimas no eran ya el llanto de la pérdida maldita, sino la emoción de un reencuentro que bendecía. La noche había pasado con sus sombras, se había encendido la luz amanecida. Los colores de la vida que nacieron en los labios creadores de Dios, volvían a brillar con toda su dicha. La penúltima palabra que correspondió a la proclama del sinsentido, a la condena del inocente, a la censura de la verdad y al asesinato de la vida, cedió inevitable la palabra final a quien como Palabra se hizo hombre, se hizo hermano, se hizo historia y se hizo pascua rediviva.

Hoy encendemos los cristianos ese cirio cuya luz nos acompaña en nuestros vericuetos y nos perdona nuestras cuitas. La luz que nos habla del perdón, de la gracia, del abrazo del mismo Dios que, en su Iglesia, nos bendice, nos acoge y nos guía. Por eso entonamos el canto de los vencedores, el canto de la verdadera alegría, la que no es fruto de nuestro cálculo o pretensión, de nuestras nostalgias o insidias. Es un canto dulce, apasionado, con un brindis de triunfo que no se hace triunfalista. Porque Cristo ha vencido con su resurrección bendita su muerte y la nuestra, y ha terminado la mentira, la diga quien la diga; y no tiene hueco ya lo que nos enfrenta por fuera y nos rompe por dentro.

Fue al alba, sí, sucedió al alba. Y desde entonces, a pesar de nuestros cansancios, pecados, lentitudes y cobardías, sabemos que Dios nos ha abierto su casa, nos acoge, nos redime y nos regala su vida. Por eso cantamos un Aleluya mañanero, por eso cantamos al alba nuestro mejor albricias. Feliz Pascua de Resurrección.

Vicente Díaz-Pintado M


Cristo ha resucitadoImprimirE-Mail

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Escrito por + José Sánchez González
lunes, 29 de marzo de 2010

Cristo ha resucitado. Es el grito de la Pascua. La proclamación de la Buena Nueva de que Jesucristo ha resucitado, más aún Cristo mismo resucitado, es el Evangelio que predicaron los primeros testigos, que se sigue proclamando en la Iglesia, que constituye el núcleo de nuestra fe; el Evangelio en que nos mantenemos y por el que os salvamos. “Si Cristo no ha resucitado – llega a decir San Pablo - vana es nuestra esperanza. Vana nuestra fe. Seremos falsos testigos de Dios”. Seríamos “los más miserables de todos los hombres”, porque tendríamos nuestra esperanza puesta en Cristo mirando sólo a esta vida.

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El que por la fe se adhiere a la persona del Resucitado experimenta en su vida una transformación radical. Fue la experiencia de los primeros discípulos, primeros testigos, no tanto de la Resurrección del Señor, que no presenciaron, cuanto del encuentro con el Señor Resucitado, al que se adhirieron con fe inquebrantable dispuestos a dar la vida por Él y por su causa y a soportar con alegría la cruz y los sufrimientos que esta nueva vida llevaba consigo.

Pero la adhesión a Cristo Resucitado es una cuestión de fe. No ya sólo para nosotros, que no conocimos al Señor en vida, ni después de resucitado, sino también para los mismos discípulos y primeros testigos. Sólo la acción del Espíritu, que ilumina la mente, calienta el corazón y mueve la voluntad, puede llevarnos, como a los Apóstoles y a los primeros testigos, a la fe y a la adhesión a la persona del Señor, con un compromiso de por vida por Él.

La fe cristiana, que tiene como núcleo la persona de Cristo, muerto y resucitado, no consiste en la simple adhesión a una serie de verdades, entre ellas la de la resurrección. No son ideas, teorías o principios a los que nos adherimos con la totalidad de nuestra persona, sino a una persona, la persona del Señor. La fe es una relación interpersonal, es una amistad, la identificación con una persona, a la que creemos, de la que nos fiamos, a la que amamos, servimos y obedecemos, para la que vivimos, por la que estamos dispuestos a morir, con la que esperamos resucitar.

Este es el misterio que celebramos en la Pascua, en la que desemboca toda la celebración de la Semana Santa y que se renueva y perpetúa en la celebración de la Eucaristía y de los demás Sacramentos y en la vida de los cristianos, dispuestos a vivir la vida del Resucitado, si no en plenitud, sí, al menos, en esperanza, pero con todas las consecuencias.

Si bien la fe es gracia y, como tal, obra del Espíritu, los medios que se nos ofrecen para acceder a ella no son ni el esfuerzo meramente humano, ni la visión extraordinaria, sino los medios ordinarios que la Iglesia pone a nuestro alcance, como son la oración, la práctica de los Sacramentos, la contemplación, escucha y cumplimiento de la palabra de Dios, la vida de los testigos, que en una cadena ininterrumpida de casi veinte siglos, y a pesar de los fallos humanos, con su vida y con su muerte, acreditan la autenticidad de la fe en el Resucitado.

Incorporémonos, hermanos a esta corriente de vida y salvación de los creyentes en el Señor Resucitado.

¡Aleluya! ¡Feliz Pascua de Resurrección!

Vuestro Obispo


La Pascua es … el paso del Dios del Amor - Todo sale de la PascuaImprimirE-Mail

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Escrito por Jesús de las Heras Muela - Director de ECCLESIA
miércoles, 12 de marzo de 2008

Memoria del "Seder" en el Centro católico judeo-cristiano de Madrid

Participé en la noche del pasado martes santo en una singular cena y vigilia de la Pascua. Éramos 42 personas, de distintas edades, condiciones, procedencias y circunstancias.Image

Nos congregamos con gozo y con expectación en el piso sexto del número 50 de la calle Hilarión Eslava de Madrid, en Moncloa. Nos reunía el preciso diálogo y encuentro entre católicos y judíos.

Nos convocaba una consagrada enjuta y plateada, de origen rumano, de categoría intelectual, humana y religiosa, llamada Sor Ionel Mihalovici. Es la directora del Centro católicos de estudios judeo-cristianos en Madrid. Es religiosa de Nuestra Señora de Sión desde 1945. La Congregación de las Hermanas de Nuestra Señora de Sión fue fundada en el siglo XIX por un judío converso al cristianismo, que se hizo sacerdote: Teodoro Ratisbon. Son, en la actualidad, unas 600 en toda la Iglesia. Su carisma es el diálogo judeo-cristiana desde su confesión y pertenencia a la Iglesia Católica. Son servidoras solícitas y puentes luminosos para el encuentro de necesaria fraternidad entre quienes profesamos nuestra fe en el único Dios de la Alianza.

Razones de diálogo y hasta de reconciliación cristiana -ya de amistad y de agradecimiento- me llevaron la tarde del pasado martes santo hasta esta singular y bien hermosa celebración. Sor Ionel me invitó a presidir aquella cena, aquella pascua, aquel "Seder". Debía ser el padre de familia mientras por nuestros ojos y por nuestros corazones desfilaban textos del Antiguo y del Nuevo Testamento, símbolos del recuerdo y de la memoria, testimonios todos ellos del Paso del Dios del amor. Porque esto, el Paso del Dios del Amor, fue la pascua: la pascua hebrea, la pascua cristiana, la única Pascua del único Dios del Amor y de la Alianza.

Como Jesús lo hizo

"No es folclore lo que vamos a hacer esta noche", nos dijo con voz quebrada pero sonora Sor Ionel. "Lo que vamos a hacer -prosiguió- es celebrar la cena de la pascua como Jesús lo hizo. Vamos a intentar reproducir los textos, los gestos, los signos, los alimentos y hasta los detalles de aquella cena", de aquella noche -pensaba yo- para la eternidad".

Jesús de Nazaret -Jesús de Belén o Jesús de Jerusalén, como queramos- era judío. Y aquella noche celebró la cena de la pascua como los judíos. Era una noche de pascua más. Pero era distinta, pero era la última, pero era la única y definitiva. La antigua y la nueva Alianza se iban a juntar y aunar para siempre. El Antiguo Testamento y el Nuevo Testamento encontraban en Jesucristo su punto definitivo de encuentro y de culminación. La antigua y la nueva Alianza eran, de nuevo, el Paso del Dios del Amor, la predilección de Dios por su pueblo, la entrega de la definitiva Tierra Prometida.

Todo bien dispuestoImage

En distintos pasajes del Evangelio escuchamos a Jesús insistir a sus apóstoles para que todo estuviera bien dispuesto para la cena de la pascua. En nuestro "Seder" del pasado martes santo en la calle Hilarión Eslava de Madrid estaba todo bien dispuesto y preparado. Cuidado con mino, con precisión y con cariño.

Ahí estaban los panes ácimos recubiertos. Junto a mi, en un plato tapado con un paño que representaba la Torah, había tres panes ácimos, tres panes sin levadura, sin hincharse, símbolos de la humildad precisa. Representaban los tres órdenes del antiguo pueblo de Israel: los sacerdotes, los levitas y el pueblo. La fracción primera que hubimos de realizar en dos trozos sobre el pan ácimos evocaba el paso del pueblo de Israel sobre el mar Rojo y cómo Dios partió en dos sus aguas y de este modo libro a su pueblo del ejército del Faraón, que le perseguía.

En otro plato jerosolimitano había un huevo duro, un pastel dulce, una verdura amarga y un hueso de cordero. El huevo duro hacía memoria de la destrucción del Templo, el pastel dulce hablaba de los trabajos en forma de ladrillos que los israelitas laboraron en Egipto, la verdura amarga eran sus sufrimientos y las opresiones recibidas, y el hueso del cordero señalaba que el cordero era la cena de la Pascua, pero que, ahora como no hay Templo, ya no se come el cordero.

El "seder" -palabra hebrea que significa cena de pascua- en el que participé es fiesta del vino. Del vino con todo su simbolismo: el vino que alegra el corazón, el vino fruto de la vid y del trabajo del hombre, el vino rojo que es color de sangre derramada. Cuatro copas estaban bien dispuestas ante nuestros platos y nuestras miradas. Recordaban las cuatro promesas del Señor: "Os sacaré del país del Egipto...", "Os salvaré...", "Os liberaré" y "Os haré mi pueblo".

Junto a mí, el padre de familias de este "seder", había una quinta copa: era la copa de Elías, era el signo de la escatología, de los cielos nuevos y de las tierras nuevas que el Dios de la Alianza prometió a su pueblo. En los hogares hebreos, los niños miran y miran la copa de Elías llena de vino para saber si, por fin, ha regresado Elías y la ha bebido. Entonces sería la plenitud de los tiempos.

Y las velas, tampoco podían faltar las velas. Que son signos de luz. Que son antorchas de fe -fe recibida y fe que ha de ser transmitida cual antorcha y relevo "olímpico...-. Que son muestras de calor y de acogida. Y, por ello, ¿quién mejor que la madre de la familia para encenderlas, para crear el ambiente preciso y necesario en el hogar?

Todo sale de la pascua. Y como todo salió para el pueblo de Dios -primero, el pueblo de Israel; después, toda la humanidad redimida por Cristo- de la pascua, esta noche, esta cena, este "seder" ha de estar repleto de las palabras, de los textos, de las plegarias y de los gestos precisos. Todo sale de la pascua.

Cuatro partesImage

En cuatro partes se divide esta singular liturgia que estoy narrando, este "seder" judeo-cristiano. Su duración supera las dos horas y media.

Comienza con los ritos preliminares: la bendición de las velas, la bendición de la familia, la bendición de la copa de la santificación del nombre de Dios, el primer lavado de las manos, la bendición de las hierbas amargas, la presentación del pan ácimo y la invitación a los pobres, mientras se abren las puertas del hogar que celebra el "seder".

Todo sale de la pascua y esta pascua está revistada en esta primera parte también de presencia de la Palabra de Dios, de momentos para la oración y de gestos explicativos.

Una catequesis de la memoria y del compromiso

La segunda parte del "seder" judeo-cristiano es la Liturgia de la Palabra. Pero es más bien la liturgia de la catequesis, una catequesis. Y es que la Palabra de Dios está presente no sólo en este momento sino en toda la cena, en todo el "seder". Y digo que es una catequesis porque la celebración en este segundo momento está dirigida especialmente a los niños.

Claro, ellos se extrañaban del por qué de una cena tan singular. Y preguntaban al padre de familias por sus ritos, sus presencias, sus signos. "¿Por qué esta noche es distinta a las demás?"

La liberación de Egipto, las diez plagas -sangre, ranas, mosquitos, sarna, peste del ganado, animales feroces, granizo, langosta, tinieblas, muerte de los primogénitos-, el canto de acción de gracias por la liberación, el significado del cordero, del pan ácimo y de las hierbas amargas y la bendición de la copa de la liberación se suceden, entre cantos y entre lecturas, como una espléndida catequesis de la memoria y del compromiso. Son las maravillas que Dios obró en favor de su pueblo y que el creyente ha de guardar en su memoria, hay de fijar en el dintel de su hogar y en lo más íntimo de su corazón, ha de hablar de ellas yendo de camino, acostado y levantado y ha de transmitir a sus hijos y a los hijos de sus hijos por mil generaciones.

La cena ritual

Hemos llegado ya a la tercera parte del "seder". Es la cena ritual. Comienza con el segundo lavatorio de las manos, sigue con la bendición de los panes -"Tomad y comed esto es mi cuerpo"- y de las hierbas amargas y culmina en la cena de la fiesta.

En tiempos de Jesús, los judíos comían el cordero pascual asado. Ya no lo comen para recordar la destrucción del Templo. Los cristianos sí lo podemos comer porque sabemos cuál y dónde está nuestro definitivo templo. Y el pasado martes, en el "seder" del Sor Ionel comimos el cordero asado, antecedido de pescado traído y cocinado en Israel y de una ensalada de arroz. Fue el tiempo para la convivencia gozosa entre los participantes en la cena. Fue el tiempo para el diálogo, para las preguntas y las respuestas, para el conocimiento de los unos y de los otros, para sellar y rubricar las nuevas amistades recién surgidas... Todo sale de la pascua.

Y acabada la cena de fiesta, una parte del pan guardado desde el comienzo de la celebración, se corta en pedazos -el "Afikoman"-, se da gracias a Dios con el salmo 125 -"Cuando el Señor cambio la suerte de Sión..."-, se come y se toma la tercera copa, la copa de la bendición: "Este el cáliz de la nueva alianza en mi sangre. Haced esto en memoria mía".

La Copa del Mesías y Hallel

Y llega la última y cuarta parte. Es la parte de la cuarta copa, la copa del Mesías y del salmo 118, el "Hallel": "Dad gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia...".

Y, ya según se aproxima el final del "seder", plenos de agradecimientos y de alabanza, en nombre de todos, el padre de familia reza conmovido: "Señor, Dios nuestro, si nuestras bocas cantaran como el mar rugiente, si nuestras lenguas cual olas imploraran, si nuestros labios tuvieran la adoración del cielo y de la tierra y nuestros ojos el resplandor del sol y de la luna, nuestras manos extendidas cual alas de águila, alzándose hacia el cielo para alcanzarte, si nuestros pies fueran ágiles cual las ciervas, todo eso no bastaría para ofrecerte, Señor, la plenitud de nuestro agradecimiento, para agradecerte la más pequeña parte del inmenso amor que nos dispensaste en todos los siglos./Amén".

Todo sale de la Pascua

Todo sale de la Pascua. La Pascua es el Amor. Es el Paso del Dios del Amor sobre nuestra historia, sobre nuestro presente, sobre nuestro futuro. La Pascua es el Paso del Dios del Amor sobre nuestras personas, sobre nuestras familias, sobre nuestros lugares, sobre los enfermos, sobre los pobres, sobre los necesitados. La Pascua es el Paso del Dios del Amor que ya no hiere sino abrasa de amor. Y libera, y salva, y redime y nos hace para siempre su pueblo, su heredad, su patrimonio y la expresión y el testimonio de su amor.

"Ahora termina nuestro Seder. Toda costumbre. Toda ley. Todo está cumplido". Y "después de haber cantado los himnos, salieron hacia el monte de los Olivos".

La Pascua aguardaba el Paso definitivo, sublime, inconmensurable e insuperable del Dios del Amor. Todo sale de la Pascua. Y nosotros somos testigos. Somos testigos del amor. Somos testigos de la antigua, de la nueva y de la eterna Alianza: Dios está con nosotros, nos ama hasta el don total de sí mismo y Dios quiere de nosotros el amor. La Pascua es el amor. Todo sale de la Pascua.


Diez actitudes cristianas al estilo de la eucaristíaImprimirE-Mail

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Escrito por Jesús de las Heras Muela - Director de ECCLESIA
jueves, 09 de abril de 2009

La Pascua es el tiempo de la Eucaristía

Diez actitudes cristianas al estilo de la Eucaristía para hacer de la Eucaristía vida y de la vida EucaristíaImage

Jesús de las Heras Muela

La conocida, certera y repetida frase “La Eucaristía hace a la Iglesia. La Iglesia hace la Eucaristía” bien podríamos traducirla y parafrasearle por esta otra: “La Eucaristía hace a los cristianos. Los cristianos hacen la Eucaristía”. Y dentro de la grandeza y de la hermosura de estos axiomas, surge también el reto y el desafío: ¿Cómo hacemos los cristianos la Eucaristía? ¿La hacemos como debemos hacerla, esto es, dejamos que sea ella quien nos haga a nosotros? Nuestra vivencia de la Eucaristía nos modela, nos transforma, nos retrata, nos perfila y hasta nos delata. Una Eucaristía rutinaria, despistada, con prisas, sin la atención precisa, irá poco a poco modelando de este mismo modo nuestra vida cristiana.

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1.- Una actitud orante. A la Eucaristía vamos a rezar, a tratar de amistad con quien sabemos nos ama. El –el Señor de la Eucaristía- nos mira con amor en la Eucaristía. ¿Cómo le miramos nosotros? ¿Cómo es nuestra mirada? Esta actitud orante se traduce a la alabanza (el Gloria), es impetración e intercesión (Preces u oraciones de los fieles). Es acción de gracias (Doxología final). Es Padre Nuestro. Es diálogo de intimidad (Oración de postcomunión).

2.- Una actitud, un estilo comunitario, eclesial. En la Eucaristía nunca estamos ni vamos solos. Ni siquiera en las llamadas misas privadas. La Eucaristía es la fiesta de la Iglesia. Estamos con los hermanos. Somos asamblea, reunión, “Ecclesia”, Iglesia. La Eucaristía nos hace más “iglesia”, más hermanos, más solidarios. La Eucaristía es y nos introduce en el banquete de la fraternidad y de la nueva humanidad.

3.- Un actitud, un estilo humilde y penitente. Toda celebración de la Eucaristía –a través de sus distintas formas y ritos- comienza por el rito penitencial. Nos hace sentirnos humildes, pequeños, pecadores, necesitados del perdón y de la gracia de Dios. “Quien esté limpio de pecado…”. Vivir la Eucaristía como la Eucaristía es nos ha de hacer humildes, ha de fomentar en nosotros la humildad, virtud religiosa capital, virtud clave del cristianismo.

4.- Una actitud escuchante. Es la Palabra de Dios la que se proclama en la Eucaristía. Dios nos habla a través de los textos bíblicos elegidos por la liturgia para las distintas ocasiones. Dios tiene algo muy importante y vital que contarnos. Debemos abrir bien los oídos y el corazón. En la Eucaristía, Dios mismo nos habla. Nos da su Palabra, la fuente y el manantial de la verdadera sabiduría.

5.- Una actitud confesante. La Palabra proclamada, sentida, escuchada, dispuesta a traducir en vida nos lleva a confesar y a proclamar nuestra fe. Es el Credo. La Eucaristía es escuela de la fe. Es escuela del testimonio de esa fe que es también Eucaristía. La Iglesia y la humanidad necesitan de cristianos de la Eucaristía, de cristianos confesantes.

6.- Una actitud oferente. El ofertorio de cada Eucaristía nos enseña a ser también nosotros ofrenda permanente. Pone en valor y en relieve la importancia de nuestro trabajo y de nuestro afán. Habla asimismo de solidaridad a favor de los que menos tienen. Y nos muestra que la ofrenda agradable a Dios siempre se transforma en vida y en fruto para nosotros mismos y para los demás.

7.- Una actitud sacrificada, abnegada, entregada, generosa, hecha oblación. Es la consagración. Es la memoria y la actualización sacramental del único y perfecto sacrificio de Jesucristo, que nos da ejemplo y nos llama a ser también nosotros sacrificio de expiación. Es la reiteración de la parábola, de la imagen del grano de trigo que, al caer en la tierra -en la besana abierta de nuestra vida- y al ser enterrado en ella, no muere sino que solo es puede brotar y florecer en la espiga de oro.

8.- Una actitud pacífica y pacificadora. Tiene su emblema en el momento del rito de la paz. A ejemplo y modelo de Jesús, el Príncipe de la Paz, quien hizo con su sangre derramada en la cruz. La Eucaristía es paz, la Eucaristía sella la paz, es compromiso de paz. Es promesa y prenda ciertas de paz.

9.- Un actitud comulgante, un estilo de cristianos de comunión. No de cristianos por libre, sino de cristianos de comunión con el Señor a quien recibimos sacramental en la Eucaristía de su Iglesia. De comunión con El, sí, y con su Iglesia. Con su Iglesia, representada por sus pastores y fieles. De una Iglesia que es tanto más Iglesia cuánto más comunión es. De una Iglesia que es misterio como la Iglesia y que es misión desde el misterio y la comunión.

10.- Un actitud y un estilo misioneros. La Eucaristía es para la vida. La Eucaristía es vida. Y la Eucaristía nos lleva a la vida. Nos trae de ella, no nos abstrae de ella mientras participamos en la misma y nos devuelve, transformados como misioneros, a la vida. La Eucaristía es misión. “Glorificad a Dios con vuestras vidas. Podéis ir en paz” reza la fórmula de despedida de la Misa, una fórmula que nos envía a la misión: a glorificar a Dios con nuestras vidas. Y –sabido es- la gloria de Dios es la vida del hombre, de todo hombre. Y la Eucaristía nos pone al servicio incondicional de la vida, de toda vida y de toda la vida.


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