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domingo, 5 de septiembre de 2010

Carta del ministro general de los Franciscanos (OFM) para la fiesta de Santa Beatriz de Silva


Roger de Taizé: Su legado de la parábola de comunión continúa


Cien años del nacimiento de la beata Madre Teresa de Calcuta

Peregrinos por gracia, peregrinos hacia la luz


Mensaje de Benedicto XVI para la Jornada Mundial de la Juventud Madrid 2011 - JMJ MADRID 2011



viernes, 13 de agosto de 2010

Homilía del obispo de San Sebastián, Mons. Ignacio Munilla en la Fiesta de San Ignacio de Loyola



Carta del ministro general de los Capuchinos ante la beatificación de fray Leopoldo



Propuesta de verano: un recorrido por la Catedral de Sigüenza



Así fue la PEJ 2010 Santiago





Monseñor Julián Barrio, arzobispo compostelano, valora la PEJ 2010 Santiago


Las cinco homilías de Benedicto XVI para la fiesta de la Asunción de María




Lo qué es y significa la fiesta de la Asunción de la Virgen



lunes, 26 de julio de 2010

http://www.obsegorbecastellon.es/index.php/es/cartas-del-obispo-seccioneshp-82


carta del obispo
El martirio en Sigüenza de José María Ruiz Cano



http://revistaecclesia.com/index.php?option=com_content&task=view&id=19038&Itemid=65
Jornada Mundial Paz 2011: Libertad religiosa, vía para la paz es el tema elegido por Benedicto XVI

http://revistaecclesia.com/index.php?option=com_content&task=view&id=19047&Itemid=64


http://www.obsegorbecastellon.es/index.php/es/cartas-del-obispo-seccioneshp-82?start=100


diocesis de segorbe castellon
http://www.obsegorbecastellon.es/index.php/es/hp-topmenu-65?start=540


diocesis de sgorbe castellon
http://revistaecclesia.com/index.php?option=com_content&task=view&id=19159&Itemid=66
Los caminos que conducen a Santiago
El Apóstol Santiago, sus Caminos y Compostela en el Año Santo Xacobeo 2010 (21)


http://revistaecclesia.com/index.php?option=com_content&task=view&id=19195&Itemid=298
http://www.obsegorbecastellon.es/index.php/ro/vida-seccioneshp-88



diocesis de segorbe castellon
http://www.obsegorbecastellon.es/index.php/ro/vida-seccioneshp-88



diocesis de segorbe castellon
http://revistaecclesia.com/index.php?option=com_content&task=view&id=19230&Itemid=65



Homilía en la Solemnidad del Apóstol Santiago - Realiza la Ofrenda Su Majestad El Rey de España
http://www.cope.es/hemeroteca/2010/07/18/castellon/18-07-10--obispo-segorbe-castellon-reflexiona-sobre-tiempo-vacaciones-178266-2


El obispo de Segorbe-Castellón reflexiona sobre el tiempo de vacaciones

domingo, 9 de mayo de 2010

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Hoja Parroquial de Segorbe-Castellón

http://www.obsegorbecastellon.es/index.php?option=com_content&view=section&id=10&layout=blog&Itemid=65





El obispo de Segorbe-Castellón recuerda la importancia del sacerdocio

El obispo de Segorbe-Castellón, monseñor Casimiro López, titula su carta dominical "Un año sacerdotal" y destaca la importancia del ministerio sacerdotal justo en la convocatoria de un Año dedicado al sacerdocio, que se abrió el pasado viernes. La razón de esta celebración es el 150 aniversario de la muerte del santo cura de Ars, San Juan María Vianney, patrón de los sacerdotes, y la iniciativa la ha tenido directamente el Papa, Benedicto XVI. En la diócesis de Segorbe-Castellón hay 217 sacerdotes, y dos seminarios diocesanos.

Redacción Local/ J.L. - 21-06-09

Un Año Sacerdotal

Queridos diocesanos:

El santo Padre, Benedicto XVI, ha convocado un Año Sacerdotal con motivo de la celebración del 150º Aniversario de la muerte del santo Cura de Ars, Juan María Vianney, “verdadero ejemplo de pastor al servicio del rebaño de Cristo”. El año sacerdotal se extenderá desde el 19 de junio de 2009, Fiesta del Sagrado Corazón de Jesús y Jornada de Oración por la Santificación de los sacerdotes, hasta el 19 de Junio de 2010. El mismo Santo Padre lo abría con una celebración solemne de Vísperas en la Basílica de San Pedro el mismo día 19; hasta San Pedo eran trasladas las reliquias del santo Cura de Ars para esta ocasión. Nuestra Diócesis se une de todo corazón a este año sacerdotal de la Iglesia Universal. La apertura en nuestra Diócesis ha tenido lugar en las parroquias y en el resto de las comunidades eclesiales el día de la Fiesta del Sagrado Corazón con preces y oraciones especiales por esta intención de la Iglesia universal, que es también la de nuestra Iglesia diocesana.

¿Por qué y para qué un año sacerdotal?, se preguntarán muchos. El mismo Papa ha indicado claramente que la finalidad de este año sacerdotal es favorecer la “tensión de los sacerdotes hacia la perfección espiritual de la cual depende, sobre todo, la eficacia de su ministerio”, aunque, como es sabido, la eficacia salvífica de los sacramentos no depende de la santidad de los ministros. A lo largo de este año tendremos diversos actos con este fin. Pero lo fundamental es que todos oremos de modo especial por nuestros sacerdotes y por su santificación; la oración personal y comunitaria por ellos así por el don de nuevas vocaciones al ministerio sacerdotal no puede faltar. Además hemos de vivir este año como un momento de gracia de Dios que nos ayude a valorar la belleza y la importancia del sacerdocio y de cada sacerdote para la Iglesia y para la sociedad, a reconocer con gratitud el trabajo pastoral y la entrega de nuestros sacerdotes y a mostrarles nuestra cercanía y nuestro amor.

Nuestros sacerdotes son importantes y necesarios no sólo por lo que hacen sino, sobre todo, por lo que son: pastores y servidores de la Iglesia y de la sociedad en nombre de Jesucristo, el Buen Pastor. La inmensa mayoría de los sacerdotes son personas muy dignas, dedicadas en cuerpo y alma al ministerio, hombres de oración y de caridad pastoral, personas con un amor auténtico a Jesucristo, a la Iglesia y a su pueblo, y solidarios con los pobres y con los que sufren. Es bueno que durante este año profundicemos todos en el conocimiento de nuestros sacerdotes y de la identidad sacerdotal, así como en el sentido de su vocación y misión.

A los sacerdotes, este año nos ofrece la inigualable oportunidad de una renovación interior para vivir con alegría y con esperanza la propia identidad y ministerio en estos tiempos recios, para caminar con determinación hacia la santidad, para fortalecer los lazos de la fraternidad en el propio presbiterio y para acrecentar la relación humana y ministerial entre el Obispo y los sacerdotes, que surge del sacramento del Orden.

¡Que la Virgen de la Cueva Santa, nuestra Patrona, nos enseñe a todos a acoger con gratitud y grandeza de corazón este año de gracia que ahora se abre ante nosotros!

Con mi afecto y bendición,

Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

lunes, 5 de abril de 2010


El obispo de Segorbe-Castellón recuerda que la Resurrección de Cristo es "el fundamento de nuestra fe"

El obispo de Segorbe-Castellón titula su carta dominical "¡Cristo vive! ¡Ha resucitado!". En ella, monseñor Casimiro López Llorente recuerda que "La Resurrección gloriosa del Señor es la clave para interpretar toda su vida y el fundamento de nuestra fe".

Redacción Local - 04-04-10

Monseñor Casimiro López Llorente

Cristo vive! ¡Ha resucitado!

Queridos Diocesanos:

“Este es el Día en que actuó el Señor”. Así canta gozosa la Iglesia en la Pascua de Resurrección. Es un día de triunfo y de gloria, el Día que hizo el Señor, el Día por antonomasia de los cristianos, “la fiesta de las fiestas”, porque es el Señor ha resucitado.

¡Cristo vive! Esta es la gran verdad que llena de contenido nuestra fe. Jesús, que murió en la cruz, ha resucitado. Ha triunfado de la muerte, del poder de las tinieblas, del dolor y de la angustia. Jesús no es una figura que pasó, que existió en un tiempo y que se fue, dejándonos un recuerdo y un ejemplo maravillosos. No: Cristo vive. Jesús es el Emmanuel; Dios con nosotros. Su Resurrección nos revela que Dios no abandona a los suyos.

La Resurrección gloriosa del Señor es la clave para interpretar toda su vida, y el fundamento de nuestra fe. Sin esa victoria sobre la muerte, dice San Pablo, toda predicación sería inútil, y nuestra fe estaría vacía de contenido. La Resurrección de Cristo es tan importante que los Apóstoles son, ante todo, testigos de la Resurrección. Anuncian que Cristo vive, y este es el núcleo de toda su predicación. Esto es lo que, después de veinte siglos, nosotros anunciamos al mundo: ¡Cristo vive!

Después de resucitar por su propia virtud, Jesús glorioso fue visto por los discípulos, que pudieron cerciorarse de que era Él mismo: pudieron hablar con Él, le vieron comer, comprobaron las heridas de los clavos y de la lanza. Los Apóstoles declaran que se manifestó con numerosas pruebas, y muchos de estos hombres murieron testificando esta verdad. La Resurrección de Jesús, no tuvo otro testigo que el silencio de la noche pascual. Ninguno de los evangelistas describe la Resurrección misma, sino solamente lo que pasó después. El hecho de la Resurrección misma no fue visto por nadie, ni pudo serlo. La Resurrección fue un acontecimiento que sobrepasa las dimensiones del tiempo y del espacio. No se puede constatar por los sentidos de nuestro cuerpo mortal, ya que no fue un simple levantarse de la tumba para seguir viviendo como antes. La Resurrección es el paso a otra forma de vida, a la Vida gloriosa.

Jesús, al resucitar de entre los muertos, no ascendió inmediatamente al cielo. Si lo hubiera hecho, los escépticos que no creían en la Resurrección, hubieran resultado más difíciles de convencer. El Señor decidió permanecer cuarenta días en la tierra. Durante este tiempo se apareció a María Magdalena, a los discípulos camino de Emaús y, varias veces, a sus Apóstoles. El Señor ha resucitado de entre los muertos, como lo había dicho.

Con la Muerte y la Resurrección del Señor hemos sido rescatados del pecado, del poder del demonio y de la muerte eterna. La alegría profunda de este día tiene su origen en Cristo, en el amor que Dios nos tiene y en nuestra correspondencia con ese amor. Se cumple aquella promesa del Señor: Yo les daré una alegría que nadie les podrá quitar. La única condición que nos pone es no separarnos nunca del Padre, no dejar nunca que las cosas nos separen de Él; experimentar en todo momento que somos hijos suyos. Feliz Pascua de Resurrección.

Con mi afecto y bendición,

Casimiro López Llorente

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Escrito por Jesús de las Heras Muela - Catedral de Sigüenza, Viernes Santo 2010
viernes, 02 de abril de 2010

Fue y es la página más trágica y más hermosa. Fue y es la página más dolorosa y más injusta, aunque solo por ella nos vino y nos viene la Justicia de Dios. Fue la crónica de una muerte anunciada. De una muerte que no se acababa en el sepulcro, que se abría indefectible y misteriosamente, ya para siempre, a la aurora del tercer día, al alba sin ocaso de la resurrección.

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Y en esta página, en esta escena –la más honda y decisiva que jamás se haya escrito sobre cielos y tierras- estuvo también María, el orgullo de nuestra raza, la Madre del Ajusticiado y nuestra Madre: “Estaba la Dolorosa junto al leño de la Cruz. ¡Qué alta palabra de Luz! ¡Qué manera tan graciosa de enseñarnos la preciosa lección del callar doliente! Tronaba el cielo rugiente. La tierra se estremecía. Bramaba el agua... María sencillamente".

Y ahora, horas después de aquella escena que oscureció la tarde y alumbró para siempre la historia de la nueva humanidad, ahí la tenéis, a Ella, a María, la Madre del Ajusticiado, la Dolorosa, la Virgen de la Soledad, Nuestra Señora de la Esperanza. Ahí la tenéis, hermanos. En su Soledad. Soledad de Soledades. Reina de Reina de Soledad y de Soledades.

Contempladla. Contemplad a su Hijo muerto y yacente. Sus cicatrices y heridas son han curado: “¡Cuerpo llagado de amores,
yo te adoro y yo te sigo! Yo, Señor de los señores, quiero compartir tus dolores, subiendo a la Cruz contigo. Quiero en la vida seguirte
y por sus caminos irte alabando y bendiciendo, y bendecirte sufriendo
y muriendo, bendecirte. Quiero, Señor, en tu encanto, tener mis sentidos presos, y, unido a tu cuerpo santo, mojar tu rostro con llanto, secar tu llanto con besos. Quiero, en este santo desvarío,
besando tu rostro frío, llamarte mil veces mío... ¡Cristo de la Buena Muerte!”

Contemplad, sí, a María en Soledad. Contemplad, sí, a Jesús yacente. Parad el reloj de las prisas, de las rutinas, de las autosuficiencias, del ya “me lo sé todo”. Deteneos. Retened, sí, el ritmo de vuestro ímpetu y quehacer cotidianos. Paraos a contemplar a Jesús y a María en su Soledad, en su Soledad de Soledades. Contemplad y luego volved a caminar. Mirad su rostro, su corazón, sus manos, su mirada clavada en el cuerpo inerte de su Hijo, de un hijo que somos también tú y yo. Vedla con ojos del alma y luego volved a caminar. Seguro si que permanecemos ante Ella con el corazón abierto, nuestra caminar de mañana, de esta misma noche tendrá que ser a la fuerza distinto, tendrá que ser mejor.

Miradla, amadla, imitadla. Es una patética figura de silencio. De silencio sonoro y transfigurado. Vestido de adoración. Nunca el silencio fue tan elocuente. Nunca el silencio significó tanto como en aquella noche, como en esta noche. Es silencio de amor. Es abandono, despojo, disponibilidad, entrega hasta el extremo. Es fortaleza en la debilidad mayor. Es fidelidad. Es plenitud. Es fecundidad: nunca fue María tan madre como entonces. Es elegancia. Es serenidad dolorida. Es paz, es amor.

En soledad sonora, dolorosa y plena, nunca una criatura vivió un momento con tanta intensidad existencial como María en aquella tarde de dolores sin fin en el Calvario. Allí mantuvo el “fiat” de la Anunciación, en tono sostenido y agudo. Aunque se le hiciera un nudo la garganta. Aunque su corazón se secara. Aunque fuera un mar de lágrimas su rostro claro, límpido y sereno. Porque allí, en el Calvario, María volvió a decir “sí”. El “fiat” se avala y se confirma con el “stabat”. El “sí” es más “sí” estando, permaneciendo al pie de la cruz.

Mirad la Virgen que sola está, cantamos. Su Soledad es holocausto perfecto a imitación del de su Hijo. Es oblación total. Es corredención. Mirad la Virgen que sola está… Y en aquella soledad, en esta soledad, María adquiere una altura espiritual vertiginosa y definitiva. Nunca fue su sí tan pobre ni tan rico, tan doloroso ni tan fecundo. Nunca tan sola y tan acompañada. Es la Soledad. Es la Piedad. Es la Esperanza. Parecía una pálida sombra. Pero al mismo tiempo ofrecía la estampa más genuina de la Reina. En aquella noche, en esta noche, levantó su altar en la cumbre más alta de la historia y del mundo. Y el dolor y la paz, envueltos en silencio, se fundieron, aleteando ya para siempre la certeza y la esperanza que es y significa una existencia solo para Dios y a favor de los demás.

Mirad, sí, a María. Que vuestra mirada, hermanos, sea una plegaria. Una plegaria como esta:

Virgen Santísima, Señora Nuestra de la Soledad: míranos Tú también a nosotros y muéstranos a Jesús, fruto bendito de tu vientre. Muéstranos sus clavos y sus heridas. Muéstranos su corazón traspasado por la lanza. Muéstranos su amor. Y muéstranos también a nuestros hermanos heridos por la droga, por el alcoholismo, por el paro, por la pobreza, por la ancianidad, por la enfermedad, por los fenómenos migratorios. Muéstranos a nuestros pequeños hermanos ya engendrados y aun no nacidos, a quienes el hedonismo, el materialismo, el secularismo, el relativismo y las leyes injustas no han permitido nacer y los han condenado a la más miserable de las muertes, sin defensa y sin justicia algunas.

Virgen Santísima, Señora Nuestra de la Soledad, vuelve nuestra mirada a nuestra historia de fe. Ayúdanos a ser fieles a ella. Somos lo que somos gracia a la herencia cristiana que puebla por doquier en nuestras ciudades y rincones. Somos lo que somos porque la fe cristiana ha irrigado las venas de nuestro corazón y las entretelas de nuestra alma. Aparta de nosotros las plagas de la apostasía silenciosa, del cristianismo a la carta, de la fe acomodaticia y sin compromisos, de un vago catolicismo de boquilla, solo para cuando nos interesa. Ahuyenta de nosotros los espectros y la sombra de la secularización y de la comodidad aburguesada, atenazante y mortecina en el seno mismo de la Iglesia, de sus ministros y de sus consagrados Aleja de nosotros la tentación de un imposible Cristo sin su Iglesia. Tú, que eres testigo privilegiado de que Dios existe y es amor, ayúdanos a vivir en su santo nombre y en su santa ley. Dios no solo no nos estorba, sino que sin El nada somos y nada podemos, aunque nos creamos vana y estérilmente perfectos. Haznos entender que ni Dios ni su Iglesia son nuestros enemigos sino nuestros mejores y más incondicionales amigos y amigos para siempre. Reaviva, sí, Virgen Santísima Señora Nuestra de la Soledad, nuestras raíces cristianas. Y que nunca tengamos miedo a proclamarnos como tales, como cristianos con todas sus consecuencias, defendiendo y promoviendo sus signos y símbolos como el de la Santa Cruz. Que nada ni nadie, María, nos quite la cruz de nuestros caminos y de nuestros espacios. Ni de nuestros corazones. Tú Hijo es la Cruz. Y su cruz adoramos y glorificamos porque por el madero, por la cruz, ha venido la alegría al mundo entero.

Virgen Santísima, Señora Nuestra de la Soledad: “yo fui, pecando, quien, Madre, trocó en tristeza vuestra alegría. Mis culpas fueron, vil pecador, las que amargaron tu corazón”. Ayúdanos, María de la Soledad, de la Soledad de Soledades, a ser más humildes, más sencillos, más misericordiosos. A pensar un poco menos y solo en nosotros mismos y a abrirnos a los demás, a su llanto y a su espera, a su gozo y a su sombra. Haznos personas de palabra y, sobre todo, de escucha. Ayúdanos a buscar la paz, la concordia, el entendimiento, la reconciliación. Qué no perdamos, María, la conciencia de que el pecado existe y de que todos somos pecadores. Y de que todos podemos y debemos purificar y reconciliar con Dios nuestros pecados a través del Sacramento del Perdón, a través de la Iglesia y mediante la Confesión, sacramentos ambos de la alegría y de la vida nueva.

Virgen Santísima, Señora Nuestra de la Soledad: “No llores, Madre, no llores más. Que yo tu llanto quiero enjugar. Sufro contigo, triste penar. Perdón, oh Madre. ¡Os quiero amar!”. María de la Caridad y de la Solidaridad, haznos instrumentos visibles del Dios que es amor. Haznos testigos del Evangelio a través de las obras, el lenguaje que más y mejor reconoce y aprecia nuestro mundo. Llénanos de caridad. Haznos solícitos con los demás. Que enjuguemos no solo tu llanto, sino también el llanto de la humanidad herida. El llanto de las víctimas de todos los terrorismos y fanatismos; el llanto de los más damnificados por la crisis económica; el llanto de tantas mujeres viudas y solas como Tú; el llanto de madres que, como Tú, lloran al hijo perdido, al hijo alejado. El llanto de las mujeres maltratadas, el llanto de las mujeres explotadas laboral o sexualmente. Que enjuguemos el llanto, María, de nuestro entorno rural, atardecido y arrugado; el llanto de nuestra querida ciudad, en inciertas e inquietantes horas; el llanto de nuestra patria y de nuestro mundo, tantas veces, aun sin querer saberlo, a la deriva. Que enjuguemos el llanto de nuestra Iglesia, estas semanas apesadumbrada por pretéritos e inadmisibles errores de algunos -muy escasos- de sus ministros y zaherida por una virulenta campaña contra el Papa y contra el sacerdocio ministerial. Que, mediante un mayor y renovada vitalidad y compromiso de vida cristiana y eclesial, enjuguemos el llanto de nuestra hiriente crisis vocacional, de nuestras tan grandes dificultades en la pastoral juvenil y familiar. Ruega, sí, María, por las vocaciones, por los jóvenes, por las familias. Por los jóvenes sin rumbo, fascinados y engañados por los falsos dioses a los que adora nuestro mundo; por las familias, singularmente por las familias rotas y desestructuradas.

Que esta sea, hermanos, nuestra oración ferviente de esta noche, de mañana y de siempre. Que esta sea la brújula y el compás del paso que acompañe nuestro caminar esta noche. Que esta sea nuestra mirada a la Virgen de la Soledad para acompañarla, para amarla y para aprender de Ella en la escuela del Calvario y en la cátedra abierta, en el libro abierto de su corazón roto y cautivo de amor. Y luego, hermanos, volved a caminar. Transformados. Alentados. Transfigurados. Como Ella. Mirad y descubrid entre sus lágrimas la certeza de la resurrección, mientras sigue y sufre sola, “con hondo dolor, pues ha muerto el Hijo que era su amor. Cual tierna rosa sobre el rosal. Troncó su vida fiero puñal”. “Mirad la Virgen, que sola está, triste y llorando su soledad”.

Silencio, hermanos, Dios habla en el silencio y en la soledad de María. Dios no es el que siempre calla. Está hablándonos a través de María. ¿No lo escucháis? Nos está pidiendo a través de Ella un “sí”, ahora en el Calvario, ahora el pie de la cruz. Y ojalá que como María, Reina de Reina de Soledades, nuestra respuesta sea: ¡He aquí, la esclava del Señor. Hágase en mí según tu Palabra”.

“No llores, Madre, no llores más.

Que yo tu llanto quiero enjugar.

Sufro contigo, triste penar.

Perdón, oh Madre.

Os quiero amar”. Amén

Jesús de las Heras Muela

Catedral de Sigüenza, Viernes Santo 2010

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Homilía de Benedicto XVI en la Vigilia Pascual 2010ImprimirE-Mail
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domingo, 04 de abril de 2010

VIGILIA PASCUAL EN LA NOCHE SANTA

HOMILÍA DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI

Basílica Vaticana Sábado Santo 3 de abril de 2010

Queridos hermanos y hermanas

Una antigua leyenda judía tomada del libro apócrifo «La vida de Adán y Eva» cuenta que Adán, en la enfermedad que le llevaría a la muerte, mandó a su hijo Set, junto con Eva, a la región del Paraíso para traer el aceite de la misericordia, de modo que le ungiesen con él y sanara. Después de tantas oraciones y llanto de los dos en busca del árbol de la vida, se les apareció el arcángel Miguel para decirles que no conseguirían el óleo del árbol de la misericordia, y que Adán tendría que morir.
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Algunos lectores cristianos han añadido posteriormente a esta comunicación del arcángel una palabra de consuelo. El arcángel habría dicho que, después de 5.500 años, vendría el Rey bondadoso, Cristo, el Hijo de Dios, y ungiría con el óleo de su misericordia a todos los que creyeran en él: «El óleo de la misericordia se dará de eternidad en eternidad a cuantos renaciesen por el agua y el Espíritu Santo. Entonces, el Hijo de Dios, rico en amor, Cristo, descenderá en las profundidades de la tierra y llevará a tu padre al Paraíso, junto al árbol de la misericordia». En esta leyenda puede verse toda la aflicción del hombre ante el destino de enfermedad, dolor y muerte que se le ha impuesto. Se pone en evidencia la resistencia que el hombre opone a la muerte. En alguna parte –han pensado repetidamente los hombres– deberá haber una hierba medicinal contra la muerte. Antes o después, se deberá poder encontrar una medicina, no sólo contra esta o aquella enfermedad, sino contra la verdadera fatalidad, contra la muerte. En suma, debería existir la medicina de la inmortalidad. También hoy los hombres están buscando una sustancia curativa de este tipo. También la ciencia médica actual está tratando, si no de evitar propiamente la muerte, sí de eliminar el mayor número posible de sus causas, de posponerla cada vez más, de ofrecer una vida cada vez mejor y más longeva. Pero, reflexionemos un momento: ¿qué ocurriría realmente si se lograra, tal vez no evitar la muerte, pero sí retrasarla indefinidamente y alcanzar una edad de varios cientos de años? ¿Sería bueno esto? La humanidad envejecería de manera extraordinaria, y ya no habría espacio para la juventud. Se apagaría la capacidad de innovación y una vida interminable, en vez de un paraíso, sería más bien una condena. La verdadera hierba medicinal contra la muerte debería ser diversa. No debería llevar sólo a prolongar indefinidamente esta vida actual. Debería más bien transformar nuestra vida desde dentro. Crear en nosotros una vida nueva, verdaderamente capaz de eternidad, transformarnos de tal manera que no se acabara con la muerte, sino que comenzara en plenitud sólo con ella. Lo nuevo y emocionante del mensaje cristiano, del Evangelio de Jesucristo era, y lo es aún, esto que se nos dice: sí, esta hierba medicinal contra la muerte, este fármaco de inmortalidad existe. Se ha encontrado. Es accesible. Esta medicina se nos da en el Bautismo. Una vida nueva comienza en nosotros, una vida nueva que madura en la fe y que no es truncada con la muerte de la antigua vida, sino que sólo entonces sale plenamente a la luz.

Ante esto, algunos, tal vez muchos, responderán: ciertamente oigo el mensaje, sólo que me falta la fe. Y también quien desea creer preguntará: ¿Es realmente así? ¿Cómo nos lo podemos imaginar? ¿Cómo se desarrolla esta transformación de la vieja vida, de modo que se forme en ella la vida nueva que no conoce la muerte? Una vez más, un antiguo escrito judío puede ayudarnos a hacernos una idea de ese proceso misterioso que comienza en nosotros con el Bautismo. En él, se cuenta cómo el antepasado Henoc fue arrebatado por Dios hasta su trono. Pero él se asustó ante las gloriosas potestades angélicas y, en su debilidad humana, no pudo contemplar el rostro de Dios. «Entonces – prosigue el libro de Henoc – Dios dijo a Miguel: “Toma a Henoc y quítale sus ropas terrenas. Úngelo con óleo suave y revístelo con vestiduras de gloria”. Y Miguel quitó mis vestidos, me ungió con óleo suave, y este óleo era más que una luz radiante... Su esplendor se parecía a los rayos del sol. Cuando me miré, me di cuenta de que era como uno de los seres gloriosos» (Ph. Rech, Inbild des Kosmos, II 524).

Precisamente esto, el ser revestido con los nuevos indumentos de Dios, es lo que sucede en el Bautismo; así nos dice la fe cristiana. Naturalmente, este cambio de vestidura es un proceso que dura toda la vida. Lo que ocurre en el Bautismo es el comienzo de un camino que abarca toda nuestra existencia, que nos hace capaces de eternidad, de manera que con el vestido de luz de Cristo podamos comparecer en presencia de Dios y vivir por siempre con él.

En el rito del Bautismo hay dos elementos en los que se expresa este acontecimiento, y en los que se pone también de manifiesto su necesidad para el transcurso de nuestra vida. Ante todo, tenemos el rito de las renuncias y promesas. En la Iglesia antigua, el bautizando se volvía hacia el occidente, símbolo de las tinieblas, del ocaso del sol, de la muerte y, por tanto, del dominio del pecado. Miraba en esa dirección y pronunciaba un triple «no»: al demonio, a sus pompas y al pecado. Con esta extraña palabra, «pompas», es decir, la suntuosidad del diablo, se indicaba el esplendor del antiguo culto de los dioses y del antiguo teatro, en el que se sentía gusto viendo a personas vivas desgarradas por bestias feroces. Se rechazaba de esta forma un tipo de cultura que encadenaba al hombre a la adoración del poder, al mundo de la codicia, a la mentira, a la crueldad. Era un acto de liberación respecto a la imposición de una forma de vida, que se presentaba como placer y que, sin embargo, impulsaba a la destrucción de lo mejor que tiene el hombre. Esta renuncia – sin tantos gestos externos – sigue siendo también hoy una parte esencial del Bautismo. En él, quitamos las «viejas vestiduras» con las que no se puede estar ante Dios. Dicho mejor aún, empezamos a despojarnos de ellas. En efecto, esta renuncia es una promesa en la cual damos la mano a Cristo, para que Él nos guíe y nos revista. Lo que son estas «vestiduras» que dejamos y la promesa que hacemos, lo vemos claramente cuando leemos, en el quinto capítulo de la Carta a los Gálatas, lo que Pablo llama «obras de la carne», término que significa precisamente las viejas vestiduras que se han de abandonar. Pablo las llama así: «fornicación, impureza, libertinaje, idolatría, hechicería, enemistades, contiendas, celos, rencores, rivalidades, partidismo, sectarismo, envidias, borracheras, orgías y cosas por el estilo» (Ga5,19ss.). Estas son las vestiduras que dejamos; son vestiduras de la muerte.

En la Iglesia antigua, el bautizando se volvía después hacia el oriente, símbolo de la luz, símbolo del nuevo sol de la historia, del nuevo sol que surge, símbolo de Cristo. El bautizando determina la nueva orientación de su vida: la fe en el Dios trinitario al que él se entrega. Así, Dios mismo nos viste con indumentos de luz, con el vestido de la vida. Pablo llama a estas nuevas «vestiduras» «fruto del Espíritu» y las describe con las siguientes palabras: «Amor, alegría, paz, comprensión, servicialidad, bondad, lealtad, amabilidad, dominio de sí» (Ga 5, 22).

En la Iglesia antigua, el bautizando era a continuación desvestido realmente de sus ropas. Descendía en la fuente bautismal y se le sumergía tres veces; era un símbolo de la muerte que expresa toda la radicalidad de dicho despojo y del cambio de vestiduras. Esta vida, que en todo caso está destinada a la muerte, el bautizando la entrega a la muerte, junto con Cristo, y se deja llevar y levantar por Él a la vida nueva que lo transforma para la eternidad. Luego, al salir de las aguas bautismales, los neófitos eran revestidos de blanco, el vestido de luz de Dios, y recibían una vela encendida como signo de la vida nueva en la luz, que Dios mismo había encendido en ellos. Lo sabían, habían obtenido el fármaco de la inmortalidad, que ahora, en el momento de recibir la santa comunión, tomaba plenamente forma. En ella recibimos el Cuerpo del Señor resucitado y nosotros mismos somos incorporados a este Cuerpo, de manera que estamos ya resguardados en Aquel que ha vencido a la muerte y nos guía a través de la muerte.

En el curso de los siglos, los símbolos se han ido haciendo más escasos, pero lo que acontece esencialmente en el Bautismo ha permanecido igual. No es solamente un lavacro, y menos aún una acogida un tanto compleja en una nueva asociación. Es muerte y resurrección, renacimiento a la vida nueva.

Sí, la hierba medicinal contra la muerte existe. Cristo es el árbol de la vida hecho de nuevo accesible. Si nos atenemos a Él, entonces estamos en la vida. Por eso cantaremos en esta noche de la resurrección, de todo corazón, el aleluya, el canto de la alegría que no precisa palabras. Por eso, Pablo puede decir a los Filipenses: «Estad siempre alegres en el Señor; os lo repito: estad alegres» (Flp 4,4). No se puede ordenar la alegría. Sólo se la puede dar. El Señor resucitado nos da la alegría: la verdadera vida. Estamos ya cobijados para siempre en el amor de Aquel a quien ha sido dado todo poder en el cielo y sobre la tierra (cf. Mt 28,18). Por eso pedimos, seguros de ser escuchados, con la oración sobre las ofrendas quela Iglesia eleva en esta noche: Escucha, Señor, la oración de tu pueblo y acepta sus ofrendas, para que aquello que ha comenzado con los misterios pascuales nos ayude, por obra tuya, como medicina para la eternidad. Amén.

© Copyright 2010 - Libreria Editrice Vaticana


Mensaje Urbi Et Orbi de Benedicto XVI Pascua 2010ImprimirE-Mail

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domingo, 04 de abril de 2010

MENSAJE URBI ET ORBI

DE SU SANTIDAD BENEDICTO XVI

PASCUA 2010

«Cantemus Domino: gloriose enim magnificatus est».
«Cantaré al Señor, sublime es su victoria» (Liturgia de las Horas, Pacua, Oficio de Lecturas, Ant. 1).

Queridos hermanos y hermanas:

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Os anuncio la Pascua con estas palabras de la Liturgia, que evocan el antiquísimo himno de alabanza de los israelitas después del paso del Mar Rojo. El libro del Éxodo (cf. 15, 19-21) narra cómo, al atravesar el mar a pie enjuto y ver a los egipcios ahogados por las aguas, Miriam, la hermana de Moisés y de Aarón, y las demás mujeres danzaron entonando este canto de júbilo: «Cantaré al Señor, sublime es su victoria, / caballos y carros ha arrojado en el mar». Los cristianos repiten en todo el mundo este canto enla Vigilia pascual, y explican su significado en una oración especial de la misma; es una oración que ahora, bajo la plena luz de la resurrección, hacemos nuestra con alegría: «También ahora, Señor, vemos brillar tus antiguas maravillas, y lo mismo que en otro tiempo manifestabas tu poder al librar a un solo pueblo de la persecución del faraón, hoy aseguras la salvación de todas las naciones, haciéndolas renacer por las aguas del bautismo. Te pedimos que los hombres del mundo entero lleguen a ser hijos de Abrahán y miembros del nuevo Israel».

El Evangelio nos ha revelado el cumplimiento de las figuras antiguas: Jesucristo, con su muerte y resurrección, ha liberado al hombre de aquella esclavitud radical que es el pecado, abriéndole el camino hacia la verdadera Tierra prometida, el Reino de Dios, Reino universal de justicia, de amor y de paz. Este “éxodo” se cumple ante todo dentro del hombre mismo, y consiste en un nuevo nacimiento en el Espíritu Santo, fruto del Bautismo que Cristo nos ha dado precisamente en el misterio pascual. El hombre viejo deja el puesto al hombre nuevo; la vida anterior queda atrás, se puede caminar en una vida nueva (cf. Rm 6,4). Pero, el “éxodo” espiritual es fuente de una liberación integral, capaz de renovar cualquier dimensión humana, personal y social.

Sí, hermanos, la Pascua es la verdadera salvación de la humanidad. Si Cristo, el Cordero de Dios, no hubiera derramado su Sangre por nosotros, no tendríamos ninguna esperanza, la muerte sería inevitablemente nuestro destino y el del mundo entero. Pero la Pascua ha invertido la tendencia: la resurrección de Cristo es una nueva creación, como un injerto capaz de regenerar toda la planta. Es un acontecimiento que ha modificado profundamente la orientación de la historia, inclinándola de una vez por todas en la dirección del bien, de la vida y del perdón. ¡Somos libres, estamos salvados! Por eso, desde lo profundo del corazón exultamos: «Cantemos al Señor, sublime es su victoria».

El pueblo cristiano, nacido de las aguas del Bautismo, está llamado a dar testimonio en todo el mundo de esta salvación, a llevar a todos el fruto de la Pascua, que consiste en una vida nueva, liberada del pecado y restaurada en su belleza originaria, en su bondad y verdad. A lo largo de dos mil años, los cristianos, especialmente los santos, han fecundado continuamente la historia con la experiencia viva de la Pascua. La Iglesia es el pueblo del éxodo, porque constantemente vive el misterio pascual difundiendo su fuerza renovadora siempre y en todas partes. También hoy la humanidad necesita un “éxodo”, que consista no sólo en retoques superficiales, sino en una conversión espiritual y moral. Necesita la salvación del Evangelio para salir de una crisis profunda y que, por consiguiente, pide cambios profundos, comenzando por las conciencias.

Le pido al Señor Jesús que en Medio Oriente, y en particular en la Tierrasantificada con su muerte y resurrección, los Pueblos lleven a cabo un “éxodo” verdadero y definitivo de la guerra y la violencia a la paz y la concordia. Que el Resucitado se dirija a las comunidades cristianas que sufren y son probadas, especialmente en Iraq, dirigiéndoles las palabras de consuelo y de ánimo con que saludó a los Apóstoles en el Cenáculo: “Paz a vosotros” (Jn 20,21).

Que la Pascua de Cristo represente, para aquellos Países Latinoamericanos y del Caribe que sufren un peligroso recrudecimiento de los crímenes relacionados con el narcotráfico, la victoria de la convivencia pacífica y del respeto del bien común. Que la querida población de Haití, devastada por la terrible tragedia del terremoto, lleve a cabo su “éxodo” del luto y la desesperación a una nueva esperanza, con la ayuda de la solidaridad internacional. Que los amados ciudadanos chilenos, asolados por otra grave catástrofe, afronten con tenacidad, y sostenidos por la fe, los trabajos de reconstrucción.

Que se ponga fin, con la fuerza de Jesús resucitado, a los conflictos que siguen provocando en África destrucción y sufrimiento, y se alcance la paz y la reconciliación imprescindibles para el desarrollo. De modo particular, confío al Señor el futuro de la República Democrática del Congo, de Guínea y de Nigeria.

Que el Resucitado sostenga a los cristianos que, como en Pakistán, sufren persecución e incluso la muerte por su fe. Que Él conceda la fuerza para emprender caminos de diálogo y de convivencia serena a los Países afligidos por el terrorismo y las discriminaciones sociales o religiosas. Que la Pascuade Cristo traiga luz y fortaleza a los responsables de todas las Naciones, para que la actividad económica y financiera se rija finalmente por criterios de verdad, de justicia y de ayuda fraterna. Que la potencia salvadora de la resurrección de Cristo colme a toda la humanidad, para que superando las múltiples y trágicas expresiones de una “cultura de la muerte” que se va difundiendo, pueda construir un futuro de amor y de verdad, en el que toda vida humana sea respetada y acogida.

Queridos hermanos y hermanas. La Pascua no consiste en magia alguna. De la misma manera que el pueblo hebreo se encontró con el desierto, más allá del Mar Rojo, así también la Iglesia, después de la Resurrección, se encuentra con los gozos y esperanzas, los dolores y angustias de la historia. Y, sin embargo, esta historia ha cambiado, ha sido marcada por una alianza nueva y eterna, está realmente abierta al futuro. Por eso, salvados en esperanza, proseguimos nuestra peregrinación llevando en el corazón el canto antiguo y siempre nuevo: “Cantaré al Señor, sublime es su victoria».

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