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viernes, 27 de noviembre de 2009

“Profetas de esperanza”, carta del cardenal Martínez Sistach

Sistach
Nuestra liturgia inicia un nuevo año. El tiempo que denominamos Adviento, del cual hoy celebramos el primer domingo, es el tiempo que nos prepara a lo largo de cuatro semanas para las fiestas de Navidad.
En estos días fríos y cortos de diciembre la Iglesia pone en boca de los cristianos esta súplica y esta plegaria: “Ven, Señor Jesús”. En Navidad hacemos memoria del nacimiento de Jesús en Belén. Fue esa una venida humilde, plácida, sin ruido. Sin embargo era el Hijo de Dios quien nacía en un pesebre y quien con su encarnación transformaba el mundo.
En la celebración del Adviento coexisten tres dimensiones históricas: la espera del nacimiento del Salvador, vivida con anhelo a lo largo de largos siglos por el pueblo de Dios de la Antigua Alianza; el acontecimiento de la encarnación y del nacimiento del Verbo hecho hombre en la plenitud del tiempo, y su futura manifestación al final de la historia.
El Adviento es el tiempo de la espera. En la sociedad actual la esperanza resulta rara. Se respira más bien resignación, desilusión e incluso frustración y desesperación. Nuestro mundo tiene gran necesidad de esperanza. Pero hablamos ahora de la verdadera esperanza, que tiene sus raíces en la fe y que se alimenta del amor.
Tan sólo puede tener esperanza aquella persona que se sabe amada por Dios. De esta convicción nace la esperanza, ya que quien cree que Dios es amor cree que Dios nos ha amado tanto que envió a su Hijo al mundo para salvarnos. Esta profunda convicción creyente fundamenta una esperanza confiada y gozosa. Por eso, la alegría del Adviento es dulce y profunda, porque brota, no de la esperanza humana, tan a menudo asentada sobre ilusiones vanas, sino de la esperanza cristiana que nunca engaña, porque se fundamenta con solidez en la certeza de las promesas divinas.
El acto de esperanza cristiana incluye diferentes aspectos unidos entre ellos: la espera de la salvación futura en la definitiva revelación del Cristo glorificado; el coraje paciente y perseverante que no cede al desánimo en las tribulaciones, y la actitud de libertad y audacia de espíritu que confía y se alegra únicamente en el amor de Dios y en la salvación de Jesucristo.
Es bien cierto que el misterio del hombre sólo se aclara del todo en el misterio del Verbo encarnado. Jesucristo, en la misma revelación del misterio del Padre y de su amor, manifiesta plenamente el hombre al mismo hombre y le da a conocer su altísima vocación. El Hijo de Dios, por su encarnación, se ha unido de alguna manera a cada hombre: trabajó con manos de hombre, pensó con inteligencia humana, actuó con voluntad humana y amó con corazón de hombre. Nacido de María virgen, en todo se hizo hombre como uno de nosotros, parecido a uno de nosotros, excepto en el pecado.
El Adviento ha de acentuar en nosotros la convicción de que Jesús viene continuamente a nuestra vida. Lo cual ha de aumentar en nosotros la actitud de conversión a fin de que nuestra disposición espiritual consista en estar atentos a lo que el Señor espera de nosotros, bien abiertos a los signos de los tiempos en las circunstancias ordinarias de nuestra vida.

+ Lluís Martínez Sistach
Cardenal Arzobispo de Barcelona

“El Adviento, nuestro tiempo”, mensaje de Mons. García Aracil

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Por todas partes se oyen expresiones de insatisfacción. La experiencia de los males que sufrimos oscurece el brillo de los bienes de que disfrutamos. Una visión correcta de la realidad no debe prescindir de ninguno de los dos aspectos. Sin embargo debemos ser conscientes de que, como criaturas con buenas capacidades, pero limitadas y presionadas por variadas concupiscencias, fácilmente somos protagonistas de gestos y logros verdaderamente positivos por una parte y, por otra, causamos, directa o indirectamente, males que destacan por la fuerza de sus graves repercusiones.
Conviene tener en cuenta que es propio de la psicología humana destacar lo negativo incluso ensombreciendo la memoria de lo positivo. Las razones que lo explican pueden ser muy variadas. Pero no podemos olvidar que la criatura humana tiende constitutiva y espontáneamente a la felicidad, y le impacta de modo especial todo aquello que frustra o entorpece la consecución y el disfrute de lo que desea.
Desconcierto y frustración
El impacto del mal, que produce en las personas las quejas, los lamentos, el pesimismo y, a veces, la desconfianza e incluso la desesperación, llega, de una forma u otra y en general, a los individuos, a las instituciones y a las colectividades. Las empresas, las familias, los comercios, los trabajadores, etc. se quejan, por ejemplo, del mal que supone la crisis económica y financiera que estamos viviendo. Los padres, profesores y demás educadores manifiestan su descontento y hasta su desconcierto y frustración ante el difícil problema de la educación de los hijos y de los jóvenes. Éstos se rebelan contra las formas de poder y de autoridad que les restringen o impiden el ejercicio de la libertad según el modo como ellos la entienden y la desean. Los políticos se manifiestan constantemente como adversarios de sus opositores, quejándose del freno que de aquellos reciben sus planes propios, entendidos por cada uno como los verdaderamente positivos para alcanzar el bien social que habían proyectado. Y así podríamos extendernos en la enumeración de protestas, quejas y disconformidades, y en la referencia a sus posibles causas.
Vías para la solución
Las voces que exigen soluciones reclaman la reforma de estructuras, la emisión de nuevas leyes, la adopción de medidas más coercitivas y, al mismo tiempo, el establecimiento de sanciones más justas y humanitarias. Pero por ese único camino no llegará la solución de los males que nos aquejan. Así se va percibiendo en las manifestaciones sociales. Sin desconsiderar la necesidad de reformas en las realidades sociales, cada vez se oye y se lee más la necesidad de valores, del respeto a los derechos fundamentales y al bien común, y de la urgencia de que brille la justicia y abunde la solidaridad, etc. como paso imprescindible para resolver las diversas crisis que atravesamos. La reforma de actitudes va considerándose como la raíz de las soluciones acertadas y estables. Sobre ello nos ha hablado muy clara y acertadamente el Papa Benedicto XVI en su encíclica “Caritas in Veritate”
Sin embargo, cada uno manifiesta su propia escala de valores, y resulta muy difícil una coincidencia satisfactoria por parte de las ideologías, las creencias y los anhelos de los grupos encontrados. La prueba de ello es que, en nombre del derecho a la vida y a la libertad se persiguen los maltratos, cosa que me parece muy bien, pero simultáneamente se considera un derecho el aborto que supone la muerte cruenta de un ser inocente e indefenso.
Este conjunto de anhelos encontrados, de divergencias notables en la forma de entender la verdad, el bien, los derechos, la justicia, la solidaridad, y tantas otras cosas más, que ocasionan serios problemas y motivan grandes quejas, nos inclinan a pensar en la necesidad de una referencia consistente, claramente acorde con la verdad, objetivamente fiable y accesible a todos. En realidad, la sociedad espera alguien que ponga orden, que encauce debidamente la sociedad, que ayude a cada persona, a cada institución, a cada pueblo y a cada grupo a encontrar su lugar en el mundo. Eso es precisamente lo que nos trae el Señor con su Encarnación, con su testimonio de vida y con su Evangelio. Por eso, la celebración de la Navidad es motivo de auténtica alegría entre los cristianos, y reviste gran solemnidad que repercute sensiblemente en la sociedad, como todos podemos comprobar cada año.
Fidelidad
El profeta Isaías anuncia así la Navidad: “El pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande; habitaban tierra de sombra y una luz les brilló” (Is. 9, 1). Jesucristo, el Hijo del Dios vivo, el Mesías prometido, el salvador a quien se refiere el profeta, dijo de sí mismo: “Yo soy la luz del mundo. El que me siga no caminará a oscuras, sino que tendrá la luz de la vida” (Jn. 8, 12). La solución está en Jesucristo y en la fidelidad a su vocación sobre cada uno de nosotros. Él, como Dios, es la Verdad, la Vida, y el camino para alcanzarlas. Por tanto, él es la referencia objetiva, permanente, y verdadera que señala los valores fundamentales, la justicia, la solidaridad, la forma de entender todo ello y de llevarlo a la práctica. El profeta Miqueas, refiriéndose a Jesucristo, nos dice: “En pie pastoreará por la fuerza del Señor, por el nombre glorioso del Señor, su Dios. (Todos) habitarán tranquilos, porque se mostrará grande hasta los confines de la tierra, y éste será nuestra paz” (Miq. 5, 3-4).
Si todo esto es así, y así nos lo asegura la fe cristiana, nuestro primer objetivo debe ser la búsqueda y el conocimiento cada vez más profundo de Cristo, de su obra y de su doctrina. En él está la raíz de esa difícil y urgente solución que todos anhelamos para nuestras familias, para nuestra educación, para nuestra política, para nuestra economía, y para todos los ámbitos de la vida personal, institucional y social. Por eso es un contrasentido que se quiera o se consienta reducir la vida de fe a la privacidad de lo íntimo. No hay cristiano verdadero si no hay apóstol consciente y valiente en medio del mundo.
La preparación para el encuentro con el Señor, con su obra y con su Evangelio es precisamente lo que nos propone y ofrece el tiempo del Adviento, la espera del advenimiento de Cristo. Por eso podemos decir que el Adviento es nuestro tiempo.

+ Santiago García Aracil
Arzobispo de Mérida-Badajoz


http://www.agenciasic.es/2009/11/26/el-adviento-nuestro-tiempo-mensaje-de-mons-garcia-aracil/

“Tiempo de Adviento, se inicia un nuevo año litúrgico. ¿Repetimos curso?”, reflexión del obispo de Girona

¡Adviento! El Señor viene. Y nosotros, ¿adónde vamos?

obspogirona
Pues sí y no. Sí, porque como todos los años, el Adviento nos ayuda a preparar la celebración de la primera venida de Jesús, la Navidad; hace que estemos atentos a su venida en este momento de la vida, de la vida de cada uno de nosotros. Por ello, no podemos decir que repetimos curso, pues no somos exactamente iguales que en el anterior tiempo de Adviento, es posible que tengamos otras preocupaciones… Y, finalmente, nos invita a mirar hacia el futuro, en la dirección de la segunda venida del Señor, que será gloriosa, para llevar a su plenitud la salvación .
Este Adviento ofrece nuevas oportunidades a nuestra vida cristiana, podemos vivir nuevos aspectos, reafirmar nuestra confianza en Jesús y, en esta primera semana se nos propone, sobre todo, afianzar o hacer más fuerte nuestra esperanza, con objeto de que la oscuridad, la angustia, el desánimo del día a día, no nos impidan vislumbrar y vivir anticipadamente lo que se halla donde se encamina nuestra vida y la historia humana.

El fragmento del evangelio de san Lucas de este primer domingo trata de los males de la historia a base de imágenes de desastres naturales que rompen la armonía del universo. Expresiones como: “Habrá en la tierra angustia de las gentes, enloquecidas por el estruendo del mar y el oleaje. Los hombres quedarán sin aliento por el miedo y la ansiedad ante lo que se le viene encima al mundo”, manifiestan de forma singular, todo lo que nos ocurre a causa de los males y los sufrimientos provocados por los hombres: guerras, asesinatos, violencias, injusticias… y también por los efectos que pueden tener los fenómenos naturales, especialmente sobre las poblaciones más débiles y con menos recursos.
En el transcurso de la historia humana de cada uno de nosotros, y al término de la historia personal, cuando nos enfrentemos al peor de los desastres, al peor de los males, que es la muerte, el Señor nos exhorta: “Cuando empiece a suceder esto, levantaos, alzad la cabeza: se acerca vuestra liberación, y veréis venir al Hijo del Hombre con gran poder y majestad”. Es decir que, en estos momentos de la vida que calificamos de difíciles, de desastrosos, de incomprensibles, cuando nos parece que no hay salida, que todo está perdido… entonces es cuando debemos creer y confiar que el Señor que viene a liberarnos, a salvarnos. Tanto en las situaciones de la vida, como al final de ella.
Animo a todos a redescubrir que, efectivamente, esta ha sido nuestra experiencia. ¿Quién nos ha dado fuerza para superar desánimos, para mantenernos firmes cuando todo parecía hundirse a nuestro alrededor? ¿Quién nos ha transmitido la fuerza necesaria para afrontar enfermedades, y para servir y atender a los enfermos? ¿Quién nos ha mantenido en la esperanza cuando no había razones humanas para esperar?

Ahora bien, es preciso mantener ciertas actitudes que nos sugiere el Señor:

- Liberar el cuerpo de los excesos de comida y bebida o de la preocupación de los negocios. Dicho de otro modo: no vivir exclusivamente para tratar de poseerlo todo.
- Velar: estar atentos, pidiendo ayuda para afrontar la vida.
- No hundirnos ante los poderes de este mundo, ni por lo que consideramos un fracaso, ni por un entorno hostil.
- Ni tratar de evadirnos a través de una vida frívola, que nos impida ser conscientes de lo que es verdaderamente importante para vivir.
- Velar, estar atentos y orar en toda ocasión, para poder seguir adelante y mantenernos en pie ante el Hijo del Hombre.
- Velemos, pues: el Señor viene. ¿Saldremos a su encuentro?

+ Francesc Pardo i Artigas
Obispo de Girona



http://www.agenciasic.es/2009/11/27/tiempo-de-adviento-se-inicia-un-nuevo-ano-liturgico-¿repetimos-curso-reflexion-del-obispo-de-girona/

miércoles, 25 de noviembre de 2009


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“Adviento”, carta de Mons. José Sánchez

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Con este domingo, 29 de noviembre, comienza el santo tiempo del Adviento- Es tiempo de preparación para celebrar dignamente la Venida del Señor en el misterio de la Navidad. Los textos de la liturgia – lecturas, oraciones, antífonas, himnos…- están muy bien escogidos y nos van introduciendo gradualmente en la Navidad del Señor, a fin de que ésta constituya un acontecimiento personal y comunitario de primer orden.

Una manera muy apropiada para prepararnos para la Navidad y celebrar el Adviento es siguiendo los textos de la celebración eucarística y de la Liturgia de las Horas, De este modo, nos identificamos con toda la Iglesia que espera, anhela e invoca la venida de su Señor y se prepara espiritualmente para recibirlo.

Al pronunciar y meditar los textos de la Sagrada Escritura, de los Santos Padres y de la Liturgia de la Iglesia nos sentimos identificados también con los creyentes del Antiguo Testamento. Creyeron, esperaron y anhelaron la Venida del Mesías y, aunque no lo conocieron, a excepción de unos pocos de sus coetáneos, como Juan el Bautista, María y José, la sola esperanza en su venida y la súplica anhelante les hacían mantener la tensión religiosa y experimentar el gozo anticipado.

Nosotros hemos sido privilegiados con respecto a los Patriarcas y Profetas, que desearon ver lo que nosotros vemos por la fe y experimentamos por la acción del Espíritu; a saber, la presencia salvadora del Señor, que ya vino a salvarnos y a la que tenemos acceso en la celebración litúrgica, en la oración, en la práctica de los sacramentos, en la acción caritativa…

Por más que nos embarguen el legítimo afán por preparar bien la celebración de las fiestas de la Navidad y cumplir con los obligados compromisos en esos días, hemos de cuidar, sobre todo, el aspecto espiritual de la celebración personal y comunitaria del gran acontecimiento del Nacimiento del Señor, nuestro Salvador.

Para ello nos ofrece el Adviento una excelente ocasión. En este tiempo, hemos de intensificar nuestro trato con el Señor, encontrar más tiempo para la oración, para la práctica de los sacramentos de la Penitencia y de la Eucaristía, para la participación en la santa Misa, para acompañar a la Virgen en su espera y esperanza, para acercarnos más a nuestros hermanos, especialmente a los más necesitados, en los que el Señor viene también a nuestro encuentro.

Con esta preparación, es más fácil celebrar la Navidad auténtica. Es una fiesta demasiado importante como para improvisar su celebración. Que la excesiva preocupación y ocupación y el afán por tenerlo todo preparado para la fiesta de familia y para cumplir con otros múltiples compromisos propios de estas fiestas, no nos roben todo el tiempo que también necesitamos y que se nos ofrece para templar nuestro espíritu ante la inminente Venida del Señor.

Os saluda y bendice vuestro Obispo
+ José Sánchez González
Obispo de Sigüenza-Guadalajara



http://www.agenciasic.es/2009/11/24/adviento-carta-de-mons-jose-sanchez/

martes, 24 de noviembre de 2009

El obispo de Segorbe-Castellón lamenta que "los cristianos somos objeto de incomprensión"

El obispo de Segorbe-Castellón titula su carta dominical de esta semana "Cristo Rey: Testigo de la verdad". Monseñor Casimiro López lamenta que "también al confensar hoy la realeza de Jesucristo, los cristianos somos objeto de incomprensión o de burla escéptica, como lo fue Jesús por Pilatos".

Redacción Local - 22-11-09

Monseñor Casimiro López

Cristo Rey: Testigo de la verdad

Queridos diocesanos:

En el último domingo del año litúrgico celebramos la Fiesta de Jesucristo, Rey del Universo. Durante su Pasión, a la pregunta de Pilatos, “¿Con que tú eres rey?”, Jesús respondió: “Tú lo dices: soy rey” (Jn 18, 37). Pero su “reino no es de este mundo” (Jn 18, 36). Por esta razón rechazó el título de rey cuando se entendía en sentido político (cf. Mt 20, 25). Cristo no vino a dominar sobre pueblos y territorios, sino a liberar a los hombres de la esclavitud del pecado, de la mentira y de la muerte, y a reconciliarlos con Dios. Jesús ha nacido y ha venido al mundo para ser testigo de la verdad (Jn 18, 37). La ‘verdad’ que Cristo vino a testimoniar en el mundo es que Dios es amor y que Dios nos ama. Está la verdad de Dios, del hombre y del mundo, de la que Jesús dio pleno testimonio con el sacrificio de su vida en el Calvario. La cruz es el ‘trono’ desde el que manifestó la sublime realeza de Dios Amor: ofreciéndose como expiación por el pecado del mundo, venció el dominio del ‘príncipe de este mundo’ (Jn 12, 31) e instauró definitivamente el reino de Dios. Este Reino se manifestará plenamente al final de los tiempos, después de que todos los enemigos, y por último la muerte, sean sometidos. Entonces el Hijo entregará el Reino al Padre y finalmente Dios será “todo en todos” (1 Co 15, 28).

El camino para llegar a esta meta es largo y no admite atajos; en efecto, toda persona debe acoger libremente la verdad del amor de Dios. Dios es amor y verdad, y tanto el amor como la verdad no se imponen jamás: llaman a la puerta del corazón y de la mente y, donde pueden entrar, infunden paz y alegría. Este es el modo de reinar de Dios, este es su proyecto de salvación, un designio que se revela y desarrolla poco a poco en la historia (Benedicto XVI).

La realeza de Cristo no puede ser comprendida por quienes se aferran al poder de este mundo. También al confesar hoy la realeza de Jesucristo, los cristianos somos objeto de incomprensión o de burla escéptica, como lo fue Jesús por Pilatos. Su realeza va unida al amor por la verdad, que no siempre es cómoda. Hay una forma de ejercer hoy el poder que busca someter la verdad. Es el caso del totalitarismo, que “nace de la negación de la verdad en sentido objetivo. Si no existe una verdad trascendente, con cuya obediencia el hombre conquista su plena iden tidad, tampoco existe ningún principio seguro que garan tice relaciones justas entre los hombres” (Juan Pablo II).

Al manipular la verdad, todo se enturbia. El fraude, el robo, la corrupción, la mentira, el aborto, la eutanasia y muchas otras formas injus tas de tratar al hombre, de no reconocer su dignidad sagrada dejan de reconocerse como males. La verdad sometida mantiene a los hombres en la esclavitud. Algunos experimentan la crueldad de esa situación, mientras otros, en el sueño de una aparen te libertad, son esclavos de sus propias pasiones. Jesucristo Rey, al liberarnos del pecado, nos capacita para ordenar toda nuestra vida y nuestras acciones según Dios, según sus mandamientos. Así, todo alcanza su verdad. Jesucristo es Rey y abre ante nosotros un nuevo horizonte de libertad, que vence el miedo ante todo poder humano. Dejemos que su reino se haga presente en medio de noso tros. Sólo él puede liberarnos de todas las formas de tira nía.

Con mi afecto y bendición,

Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

http://www.cope.es/castellon/08-11-09--obispo-segorbe-castellon-recuerda-necesidad-redescubrir-sentido-vida-muerte-59543-2


El obispo de Segorbe-Castellón festeja el "Día de la Iglesia"

En su carta dominical, el obispo de la Diócesis de Segorbe-Castellón, Mons. Casimiro López Llorente, celebra el "Día de la Iglesia Diocesana".

Redacción - 15-11-09

Obispo de la Diócesis de Segorbe-Castellón.

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Carta dominical

Sentirse Iglesia diocesana

Queridos diocesanos:

El Día de la Iglesia diocesana nos invita a los católicos a sentirnos parte de ella para amarla de verdad. Nuestra Diócesis de Segorbe-Castellón no es algo ajeno a cada uno de nosotros; es nuestra Iglesia, de la que formamos parte todos los católicos que vivimos en el territorio diocesano. Cierto que sentimos más cercana a nuestra parroquia, pero ésta no seria nada sin la Iglesia Diocesana, de la que es como un miembro en el cuerpo humano, a la que estar vitalmente unida si no quiere enfermar, languidecer y morir.

Con frecuencia los católicos acudimos a la Iglesia o a nuestra parroquia sólo cuando la necesitamos; satisfecha nuestra necesidad la olvidamos y vivimos al margen de ella, de su vida y misión. No agradecemos tantos bienes recibidos de ella como son, entre otros: la fe en Jesucristo y su Palabra, su Eucaristía y los demás sacramentos, la educación en la fe y de la conciencia moral, la capacidad de amar a los demás y de sacrificarnos por ellos, el perdón de los pecados, la continua renovación de nuestras personas, la ayuda en la necesidad, el compromiso con nuestra sociedad y la esperanza de la vida eterna.

Otros se alejan de ella, de su fe y de su moral, de su vida y misión diciendo que se puede ser cristiano católico al margen de la Iglesia. ‘Creo en Jesucristo pero no en la Iglesia’, dicen. Craso error. Porque ¿cómo han llegado a Jesucristo, y a Dios, el Dios revelado por Él, y como se mantienen unidos a Él si no es por la Iglesia? La citada oposición es contraria a lo que profesamos en el Credo: “Creo en la Iglesia una, santa católica y apostólica”. Se olvida que la Iglesia misma es el Cuerpo de Cristo, de la cual Él es la Cabeza: y no se puede separar la Cabeza del resto del cuerpo.

Nuestra Iglesia diocesana es un don del amor de Dios. Hemos de saber amarla de corazón como a nuestra misma madre y familia. Es querida y fundada por Cristo; está permanentemente alentada por la presencia del Espíritu Santo para ser el lugar de la presencia del Señor, de su Evangelio y de su obra de Salvación entre nosotros. Quien se aleja de ella termina por desfallecer en su fe y vida cristiana.

Nos urge recuperar el amor a nuestra Iglesia, valorar y agradecer los bienes recibidos de ella. Es preciso sentir que somos parte de ella, que la necesitamos y que queremos vivir en y con la Iglesia, comprometidos con su vida y su misión para que nuestra Iglesia acompañe y ayude a todos. Nuestro amor nos ha de llevar al compromiso con nuestra Iglesia: en la vivencia de la fe y vida cristianas, en la cooperación en su vida y tareas, y en el compromiso económico. En estos momentos de profunda crisis económica, moral y espiritual, el acompañamiento y la ayuda de la Iglesia son de gran esperanza para una sociedad dolorida. Para que quienes acuden a la Iglesia buscando ayuda puedan encontrar en ella una respuesta adecuada, es necesario que disponga de los medios necesarios. La colaboración de los católicos y de los que valoran su labor es indispensable, también y precisamente en estos momentos de crisis. En estas circunstancias, nuestra la colaboración es, más que nunca, el termómetro de nuestro amor a la Iglesia y de nuestro compromiso eclesial. Todos tenemos que participar en la Iglesia y colaborar económicamente en su sostenimiento. Todos somos necesarios.

Con mi afecto y bendición,


http://www.cope.es/castellon/15-11-09--obispo-segorbe-castellon-festeja-dia-iglesia-104855-2

Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

hoja parroquial del 15 y 22 de noviembre

http://issuu.com/hojaparroquial/docs/2490-hp_15nov



El obispo de Segorbe-Castellón lamenta que "los cristianos somos objeto de incomprensión"

El obispo de Segorbe-Castellón lamenta que "los cristianos somos objeto de incomprensión"

El obispo de Segorbe-Castellón titula su carta dominical de esta semana "Cristo Rey: Testigo de la verdad". Monseñor Casimiro López lamenta que "también al confensar hoy la realeza de Jesucristo, los cristianos somos objeto de incomprensión o de burla escéptica, como lo fue Jesús por Pilatos".

Redacción Local - 22-11-09

Monseñor Casimiro López

Cristo Rey: Testigo de la verdad

Queridos diocesanos:

En el último domingo del año litúrgico celebramos la Fiesta de Jesucristo, Rey del Universo. Durante su Pasión, a la pregunta de Pilatos, “¿Con que tú eres rey?”, Jesús respondió: “Tú lo dices: soy rey” (Jn 18, 37). Pero su “reino no es de este mundo” (Jn 18, 36). Por esta razón rechazó el título de rey cuando se entendía en sentido político (cf. Mt 20, 25). Cristo no vino a dominar sobre pueblos y territorios, sino a liberar a los hombres de la esclavitud del pecado, de la mentira y de la muerte, y a reconciliarlos con Dios. Jesús ha nacido y ha venido al mundo para ser testigo de la verdad (Jn 18, 37). La ‘verdad’ que Cristo vino a testimoniar en el mundo es que Dios es amor y que Dios nos ama. Está la verdad de Dios, del hombre y del mundo, de la que Jesús dio pleno testimonio con el sacrificio de su vida en el Calvario. La cruz es el ‘trono’ desde el que manifestó la sublime realeza de Dios Amor: ofreciéndose como expiación por el pecado del mundo, venció el dominio del ‘príncipe de este mundo’ (Jn 12, 31) e instauró definitivamente el reino de Dios. Este Reino se manifestará plenamente al final de los tiempos, después de que todos los enemigos, y por último la muerte, sean sometidos. Entonces el Hijo entregará el Reino al Padre y finalmente Dios será “todo en todos” (1 Co 15, 28).

El camino para llegar a esta meta es largo y no admite atajos; en efecto, toda persona debe acoger libremente la verdad del amor de Dios. Dios es amor y verdad, y tanto el amor como la verdad no se imponen jamás: llaman a la puerta del corazón y de la mente y, donde pueden entrar, infunden paz y alegría. Este es el modo de reinar de Dios, este es su proyecto de salvación, un designio que se revela y desarrolla poco a poco en la historia (Benedicto XVI).

La realeza de Cristo no puede ser comprendida por quienes se aferran al poder de este mundo. También al confesar hoy la realeza de Jesucristo, los cristianos somos objeto de incomprensión o de burla escéptica, como lo fue Jesús por Pilatos. Su realeza va unida al amor por la verdad, que no siempre es cómoda. Hay una forma de ejercer hoy el poder que busca someter la verdad. Es el caso del totalitarismo, que “nace de la negación de la verdad en sentido objetivo. Si no existe una verdad trascendente, con cuya obediencia el hombre conquista su plena iden tidad, tampoco existe ningún principio seguro que garan tice relaciones justas entre los hombres” (Juan Pablo II).

Al manipular la verdad, todo se enturbia. El fraude, el robo, la corrupción, la mentira, el aborto, la eutanasia y muchas otras formas injus tas de tratar al hombre, de no reconocer su dignidad sagrada dejan de reconocerse como males. La verdad sometida mantiene a los hombres en la esclavitud. Algunos experimentan la crueldad de esa situación, mientras otros, en el sueño de una aparen te libertad, son esclavos de sus propias pasiones. Jesucristo Rey, al liberarnos del pecado, nos capacita para ordenar toda nuestra vida y nuestras acciones según Dios, según sus mandamientos. Así, todo alcanza su verdad. Jesucristo es Rey y abre ante nosotros un nuevo horizonte de libertad, que vence el miedo ante todo poder humano. Dejemos que su reino se haga presente en medio de noso tros. Sólo él puede liberarnos de todas las formas de tira nía.

Con mi afecto y bendición,

Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón


http://www.cope.es/local/08-11-09--obispo-segorbe-castellon-recuerda-necesidad-redescubrir-sentido-vida-muerte-59543-2